Entre fuego y mangueras
- miércoles 18 de enero de 2012 - 12:00 AM
‘ Manguereando temprano, vecino’, le dijo la sensual Lucy a Iván.
Sí, aquí mojando las plantas’, respondió él con cara de inocentón.
‘Ay’, dijo Lucy suspirando, ‘yo soy como las plantas, también me gusta que me manguereen tempranito’, agregó ella con un guiño cómplice mientras se alejaba con su contoneo afrodisiaco dejando a Iván con la mente calenturienta y a las plantas ahogadas por el exceso de agua.
Iván estaba desempleado, por lo que pasaba el día entero en la casa, adonde su mujer lo llamaba a cada hora, al teléfono fijo, para corroborar que de verdad calentaba el hogar.
A partir de ese día, Iván salía tempranito a manguerear la terraza con la esperanza de que la coqueta y curvilínea Lucy pasara por allí y le sugiriera ’manguerearla’, cosa para lo que ya él estaba preparado y con un repertorio capaz de asustar hasta a las chinitas de Pekín. ‘Le daré del bueno, a ver qué tan bullera es en la cama’, se repetía mientras sus entrañas se revolvían inquietas por la promesa del sexo prohibido.
Tenía más de una hora de estarle tirando agua a la terraza cuando llegó doña Billulla a decirle: ‘Oiga mi’jito no malgaste el agua, que hay tantos en Chilibre que están como un gorgojo’.
Casi a las diez de la mañana pasó Lucy, con un vestidito de verano, de flores y frutas multicolores que la brisa levantaba dejando ver la silueta de unos glúteos firmes y abundantes. Pero Lucy pasó callada, seria y cabizbaja. Iván iba a gritarle ‘quieres un manguerazo que te erice, bella, acá hay un cisterna esperando para empaparte todita’, pero en eso vio al marido grandulón de Lucy, que corría para alcanzarla.
‘La mujer que te da un jalón, derechito pa’l colchón’, pensaba Iván cada vez que recordaba las palabras de Lucy cuando lo vio con la manguera, pero por más que pensaba no lograba encontrar el momento para someterla. La oportunidad se le presentó al día siguiente, recién salió su mujer para el trabajo, pasó el marido de Lucy, lo que le hacía presentir que esta pasaría sola, por lo que desenrolló la manguera y se puso a regar.
Sentía un nudo en la garganta y una sensación de vaivén abdominal, como cuando un carro va en bajada. En cuanto la vio venir se le aceleró la respiración y abrió con todo la llave.
‘Jo, así de bueno manguerea usted, vecino’, dijo la mujer que siguió de largo, pero en un segundo, amparada por una planta de plátano, caminó hacia la parte de atrás de la casa de Iván, quien la siguió enseguida, dejando la manguera botando ríos de agua.
Se encontraron en un cuartito que él estaba construyendo para alquilar.
Un rato después, a pesar de dos encuentros bestiales, aún no habían sofocado la mutua pasión, pero sí escucharon un grito destemplado ‘Iván, Iván’.
Iván se vistió apresurado y salió al encuentro de su mujer, que avisada por doña Billulla había regresado a la casa, que se estaba inundando. Fue cuando Iván recordó que había dejado la pluma abierta. Ayudado por su mujer tuvo que tirar escoba toda la mañana para sacar el agua que había penetrado hasta las recámaras.
Aunque su brava mujer no sospechó nada, Iván vive mortificado porque Lucy, que a diario lo ve regando las plantas, nunca más le ha coqueteado. ¿Sería que no le gustó como manguereo?, se pregunta a cada rato.