El refranero
- viernes 28 de octubre de 2011 - 12:00 AM
El viernes, ni te cases ni te embarques ni de tus amigos te apartes. A menudo, Ernesto repetía este refrán, porque, según él, era de sabios guiar su vida por las enseñanzas que contienen estas expresiones que nos legaron nuestros antepasados. Tenía muchos años de estar solo, sin mujer, porque las tres que consiguió resultaron muy ardientes y él no dio la talla.
Aquel viernes, a pesar de que era su día libre, se levantó temprano a buscar su ‘periódico del pueblo’ y a comprar su gordito. Más tarde iría a la procesión de San Judas, al que le había encargado una hembra de buen ver, buena gente y algo reservada en asuntos íntimos, o sea, medio friita.
Caminaba por las calles de su barrio tratando de sortear los innumerables y cotidianos desechos perrunos que había por doquier. Fue en ese momento que divisó a un grupo de vendedoras de gordito que, alegremente, conversaban mientras intentaban convencer a los potenciales clientes de que ‘tenían los de hoy’.
Ernesto se acercó al grupo y le llamó la atención una de las vendedoras, que estaba tal como se las receta el doctor a los panameños. Vestía un pantaloncito rosado que dejaba ver cuan dotada y equipada para la vida estaba. Quiso decirle alguna expresión coquetona, pero él, a pesar de su tamañote y contextura corpulenta, era tímido. Se limitó a comprarle un montón de números y luego ella le preguntó dónde vivía, por si acaso ganaba, ir a dejarle el premio.
Las horas siguientes a la compra masiva de chances del gordito, Ernesto las empleó en refrescarse con algunos amigos del barrio y fue a través de ellos que supo que la ‘pocotona’ recién conocida se llamaba Yayita y que estaba solterita, vivía sola con sus seis retoños, malcriados y malhablados, quienes le habían correteado a todos los aspirantes a ‘marchantes’ que a su casa llegaron.
A la una y quince minutos de la tarde, Yayita supo que estaba en problemas, pues Ernesto le había ganado 110 dólares y ella solo tenía 43 panchos. Recordó que su abuela decía ‘Dios te lo dejó en el medio, pa’ tu remedio’. Un poco antes de las dos llegó a la casa de Ernesto. Y llegó dispuesta para la guerra, lucía un short rojo, más corto y ajustado que el de la mañana, un minisuéter, también rojo, sandalias rojas y se recogió el cabello en una cola a la que puso un adorno rojo. Y enseguida le habló claro: Mire, don Ernesto, no hice la plata completa del premio. Le doy esto y el resto, usted decide si espera a que yo reúna ese dinero o lo cobra de otra forma, siendo así, estoy dispuesta a empezar el pago enseguida.
Las cervecitas animaron a Ernesto y allí mismo, en el sillón donde lo encontró Yayita, se cobró el premio ganado. Fue una sesión rápida, pero intensa, tal como le gustaban a Yayita, quien tenía rato de andar lidiando con véteros que se vuelven pura tiradera y nada de recoger por temor a que se les apague el motor. Repitieron la acción varias veces y, envalentonado por los traguitos, Ernesto le sugirió que se viniera a vivir con él. A Yayita le pareció una idea magnífica, pues le había gustado el ‘estilo sexual’ de Ernesto, rápido, pero sabroso. Dijo que antes de mudarse le traería a sus muchachos para que los conociera y después, bueno, decidían. Media hora más tarde, llegó Yayita con los seis pelaos. El más chiquito lo dejó con la mano extendida, se tiró en el sillón y cambió el canal que Ernesto veía. Otros dos fueron directo a la refri, sacaron un molde de pan, abrieron dos latas de tuna e hicieron emparedados. El mayor se antojó de que cambiaran de celular, un cambio chueco para Ernesto. El que parecía más sensato tomó su perfume y casi se lo vació sobre sus ropas sudadas. Y el otro, tenía un aire de gay que espantó a Ernesto y lo colmó de desilusión.
Pero siendo del día de San Judas, el santo no lo desamparó y lo llenó de coraje, por lo que les dijo que por favor se fueran, pues él tenía que irse a la procesión.
Regresó tarde de pasear a San Judas, y recordó que: El viernes ni te cases …