El chancletazo

Rodolfo ya casi alcanzaba la calle cuando el silbido de la bala retumbó en sus oídos y sintió el fogonazo del plomo muy cerca de su oreja, pero si...
  • viernes 17 de junio de 2016 - 12:00 AM

Rodolfo ya casi alcanzaba la calle cuando el silbido de la bala retumbó en sus oídos y sintió el fogonazo del plomo muy cerca de su oreja, pero siguió corriendo. Cuando llegó a su hogar se percató de que solo llevaba una chancleta, su mujer lo notó enseguida y apartó sus ojos de la televisión para preguntarle por qué llegaba sofocado.

‘Parece que la muerte venía persiguiéndote', le dijo ella; aún agitado, Rodolfo contestó ‘a esa cabrona no le interesa llevarse a los hombres feos, flacos, fieles y llenos de deudas como yo, solo a los perros hambrientos les interesa morder estos huesos'. La esposa lo miró con burla y solo respondió que cualquier rato le metería un tiro a los malditos perros, pero no se ocupó más de él, prefirió mirar la pega de la novela, por lo que Rodolfo se metió al baño a repasar lo ocurrido y a tratar de buscar en la mente dónde se le había caído la chancleta. Su desdicha empezó unas dos horas antes, cuando él estaba en el minisúper en busca del desayuno del día siguiente y con la esperanza de que Elianita lo llamara y le cumpliera la promesa de recibirlo un ratito en su cama conyugal. Ya se iba cuando entró la llamada que lo pondría en el paraíso por unos 45 minutos. Se arriesgó pese a que su conciencia se le trepó en la nuca y ahí se quedó mortificándolo hasta que entró al hogar ajeno a mancillar sin asco la cama del otro; entonces se le olvidó la molestia y se entregó sin reservas a la ardiente Elianita, quien desconocía lo que era respeto y fidelidad.

Era como un encuentro de hambrientos, ninguno hablaba porque la boca estaba ocupada en otros menesteres, en la mente de Rodolfo no había ningún pensamiento, el placer acaparaba todo. Ambos ignoraban que en el trabajo de Vasco, el marido de Elianita, había ocurrido un milagro; por pura lástima, el gerente lo había mandado para la casa, debido a que este llevaba media hora estornudando, lo que puso nerviosos a los compañeros, que suspendían sus labores para taparse la cara con el fin de evitar un contagio. Cuando el don ordenó que se fuera, varios comentaron que de seguro al mandamás se lo habían soltado en la casa, y por eso andaba tan feliz y caritativo. Otros argumentaron que ese mal de que les nieguen la cuca no ataca a los ricos, que solo las mujeres de los pobres son las que se niegan, uno, que pasó varios años guardado por darle filo a su mujer solo porque esta se lo negó, dijo que dejaran el relajo, que con esas cosas no se juega, que no hay dolor más grande para un hombre que ese, que la de la casa se lo niegue, y hasta el mismo Vasco pidió respeto para el superior, pero aclaró que tocaba madera, porque, gracias a san ‘Cachondo', a él jamás de los jamases se lo habían negado. Y se fue porque las noveleras de la oficina, con dos pañuelos en la nariz, le tronaron los dedos para que cogiera camino enseguida. La estornudadera se le agravó con la brisa fría de la noche, y varias réplicas del achís alertaron a los amantes, quienes desprendieron sus cuerpos calientes. Rodolfo salió por la puerta de atrás, pero el perro lo delató, por lo que el marido injuriado soltó bala a lo loco. La suerte parecía estar del lado del ofensor, porque ninguno de los plomazos lo alcanzó…

Estaba en ese punto del recuerdo cuando tocaron la puerta de su hogar. Abrió su mujer, quien no pudo impedir que Vasco, estornudando, irrumpiera en su hogar: en la izquierda llevaba la chancleta extraviada y en la otra un arma de fuego. Le tocó a Rodolfo salir en estampida por la puerta trasera de su propio hogar, perseguido por su mujer y por Vasco que prometía darle un plomazo allá mismo, ‘para que nunca ese manduco volviera a pararse'.

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Selectivo: El mal de la cuca negada solo ataca a los pobres.

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Discriminación: Al feo, flaco, fiel y lleno de deudas no lo persigue la muerte.