No era echa’o pa’lante
- viernes 29 de julio de 2011 - 12:00 AM
E cha’o pa’lante, tal como cantaba el recién fallecido Joe Arroyo, pero Eladio no era así, no, qué va, él era un hombre mediocre que no tenía aspiraciones de escalar profesionalmente y en su vida marital actuaba igual, pues creía que lo que Natura le había otorgado era suficiente para que su mujer no mirara jamás para otro lado. A menudo decía que nació vacunado contra los cachos, por algo en la primaria le apodaban ‘Manguera’ y en la oficina le empezaron a llamar ‘Burro’ después de unos comentarios indiscretos que hizo una pobre muchacha que sufrió varios accidentes en los que cayó de espalda en unos encuentros furtivos con él.
Eladio fingía que le disgustaba que le dijeran ‘Burro’, pero tanta era su complacencia por el epíteto que sugirió que mejor le dijeran ‘Equino’, porque era más elegante y no se perdía la esencia del significado.
Eladio estaba casado con Eloísa, quien heredó el espíritu fogoso de su abuela, y de su madre, unas curvas de muerte y unos senos firmes y grandes que desafiaban todos los principios de la ley de gravedad, pues pese a su tamaño continental se erguían suculentos y apuntando siempre hacia el frente, como un cañón. Desde niña se topó de frente con los asuntos sexuales, pues le tocó un colegial cuyo chofer, hermano de su madre, era tacaño y no quería pagar hotel, por lo que a menudo dizque le daba bote a una maestra y cuando creían que ella estaba dormida, se iban para el último asiento donde luchaban semidesnudos, mientras ella no entendía por qué su tío mordía a la pobre maestra que daba unos grititos que a ella la divertían, pero también asustaban.
Desde que se casaron, doce años atrás, Eloísa le decía a Eladio que ella quería que lo hicieran en un carro, pero por la falta de este, la fantasía no se cumplía. Tan grande era el deseo de ella que una vez invirtió su décimo en alquilar uno, pero un mosquito se le adelantó y ‘Equino’ adquirió un dengue que lo tumbó por varios días.
Después de este suceso, continuaron con su rutina. Viajaban juntos de ida y vuelta, y en la mañana, como eran los primeros en subir al bus, se sentaban en el último puesto e inmediatamente ella se recostaba en el hombro de su marido y se dormía hasta Howard, donde Eladio se bajaba, fue por esos días de desencanto que ella se fijó en que a diario, en el asiento delantero se sentaba un muchacho que la miraba con interés. A partir de ese día, ella esperaba ansiosa cada mañana. Pese a que Eladio se bajaba antes de llegar a la terminal, pasaron varios días en los que solo se miraban, pero una mañana en que el tranque se había estacionado en ese punto, Eladio, como de costumbre, le dio un beso y caminó hacia la salida al tiempo que el muchacho se sentó a su lado y le tomó la mano. Durante más de un mes continuaron con esa rutina, el marido bajaba en Howard y el otro pasajero pasaba a ocupar su lugar. Para esa época, a Eloísa, ante el regocijo de Eladio, que decía que ahora sí la gente podría mirar piernas de hembra, empezó a usar faldas, prenda que ella jamás había usado, además de la innovación de las faldas, todos los días llevaba un maletín, de esos que usan los maestros y también le dio por comprar toallitas de busero. Mientras Eladio caminaba hacia su trabajo, en el último asiento del viejo autobús, su mujer y el otro pasajero pasaban de los besos apasionados a las caricias atrevidas. A veces, cuando no lograban saciarse en el bus, se arriesgaban y caminaban juntos por la terminal hasta encontrar un lugar discreto donde terminar la sesión de besos y caricias urgentes.
Una mañana en la que caía un torrencial aguacero, Eladio y su mujer caminaban abrigados y con un gran paraguas hacia la parada de buses, porque a pesar de tener un certificado médico que le otorgaba incapacidad por dos días, ella insistía en que tenía que ir a su trabajo. Subieron a su bus, ella emocionada, y él, ignorante de que pronto iba a sentir que se le desarmaba la vida.
Después de un rato en el colectivo, todo parecía normal, gente boquiabierta soñando quién sabe qué, otros luchando por quitarse de encima al compañero de asiento que no durmió bien y en el asiento delantero el pasajero de siempre.
Eladio ‘Manguera Equino’ besó a su mujer y bajó, había caminado unos cuantos pasos cuando descubrió que había olvidado entregarle a Eloísa la contraseña para retirar las medicinas, corrió para alcanzar el bus con la suerte de que por el tranque pudo volver a subir, pero había subido tanta gente que le tomó su tiempo caminar hasta el final, de pronto le pareció que no había nadie en ese puesto y a codazos se abrió paso hasta llegar adonde su mujer, excitada y feliz, con el maletín de maestro tapaba lo que a su consideración solo ella debía ver y palpar. Le bastó un segundo para comprender el porqué de las faldas, del maletín de maestro y de las toallitas de busero…
Eloísa se fue esa misma tarde y Eladio renunció al trabajo porque no desea volver a utilizar ningún bus de la ruta Panamá Oeste.