¿Dónde me conociste?

El malestar creció al verla llegar tras demorarse más de lo habitual
  • viernes 03 de mayo de 2019 - 12:00 AM

Alondra entró apuradita a su hogar, con un movimiento casi fugaz metió algo en la refrigeradora, ignorante de que Abimael no le había quitado el ojo de encima desde que pisó la puerta. Mientras ella maldecía que este estuviera libre por ser el Día del Obrero, él yacía echado en el sofá mirando la tele, pero esta vez había un ruido mental que lo torturaba impidiéndole disfrutar al máximo su día de asueto. El malestar creció al verla llegar tras demorarse más de lo habitual, guardar algo en la nevera, como quien esconde algo, así que se levantó de un salto y le gritó: ‘¿Qué ver… guardaste en la nevera?', abrió de un tirón la refrigeradora y sacó el cartuchito que Alondra había puesto allí.

Y apenas vio el contenido se le fue encima, gritándole insultos, pero Alondra ya había decidido, sin decírselo, no aguantarle ni una más, y se le sacudió arrebatándole el paquetito, y también le obsequió una decena de carajazos casi que en la misma oreja, lo que disparó la ira de Abimael, quien se aprovechó de su fuerza de hombre y sacó la mano que por la misma cercanía del objetivo no cayó con la fuerza de la intención.

Fue como halarle los vellos más íntimos, Alondra le arrebató el cartucho, lo puso en la mesa, se quitó las chancletas y se le cuadró retándolo: ‘Ah, tú quieres pelear, tú quieres boxear, ven, pégame, pégame con el puño, dale, vamos a pelear, hoy te quito lo ronconcito, dale, pégame con el puño'. Al hombre se le pusieron las piernas de trapo, porque vio tal decisión en la mirada de su mujer que reculó y le reclamó por las cervezas que esta había traído de la calle.

‘Me las dieron en el cierre de campaña de mi candidato, y qué con eso, qué pasó, cuál es tu rabia y por qué', gritó Alondra que parecía no dispuesta a dejarse joder. ‘Pasa que las mujeres decentes no beben cerveza ni guaro ni nada que sea licor, cuándo has visto a mi mamá o a mis hermanas tomando esas porquerías, coge el ejemplo, y que no vea mi mamá eso que tienes en ese cartucho, por favor, mi madre es una santa y seguro que se le sube la presión si ve esa perdición en la refri', aseguró en voz alta Abimael, y su mujer no pudo canalizar ese misil.

Se le abalanzó gritándole ‘dónde me conociste tú, ya se te olvidó que nos vimos por primera vez en un bar donde yo parqueaba con mis amigos, dónde me conociste, además, nunca te he sido infiel, porque para que sepas, las que tomamos cerveza sí sabemos ser fieles'. Abimael quedó como cuando a uno lo agarran en trampa y para salir del paso se amparó en su madre, y contestó: ‘Ay, Dios, cállate, que no lo oiga mi mamá o alguien que se lo diga, por favor, no vuelvas jamás a repetir esa barbaridad, que no lo sepa nadie, oíste, y menos mi progenitora que no conoce el pecado'.

Los aires de santidad de la suegra le pateaban el hígado a Alondra, y respiró profundo, abrió una lata de las cervezas regaladas por el político, y dejó caer el zumo en la cara de su marido para luego gritarle a la máxima capacidad de su garganta: ‘Tu madre no conoce el pecado, pero sí sabe emborrachar a los hombres que la visitan, sabe también dormirlos y luego les fumiga todo lo que tengan en la cartera, eso ¿cómo se llama, dime cómo se llama eso?

El hombre reaccionó con una trompada en la boca de su mujer, ahora ocupada por la lata con el espumoso líquido. Casi la ahoga, tuvo ella que toser varias veces antes de fajarse con su marido en un cuerpo a cuerpo cerrado, fue en el intercambio de golpes que el sabor dulzón a sangre le avisó que tenía la boca cortada por el material de la lata, y eso le dio fuerzas para arremeter contra Abimael, a quien se lo quitaron los vecinos porque ella estuvo a un tris de joderlo para siempre.

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