Una doncella menos

D imas andaba preocupado porque se avecinaba el fin de año y él no había cumplido su meta: levantarse a como diera lugar a miss Pompis, ...
  • martes 27 de diciembre de 2011 - 12:00 AM

D imas andaba preocupado porque se avecinaba el fin de año y él no había cumplido su meta: levantarse a como diera lugar a miss Pompis, la única cuarentona virgen de una familia gringuera. Por ese motivo andaba pendiente de todo lo que le pasara a la bella dama, cuya madre decía que tenía mala estrella, porque logró la mayoría de edad cuando ya los gringos se habían ido de Panamá por lo que no pudo pescar ninguno de esos ‘partidazos’.

Ahora te tocara casarte con un panameño, lo que significa comer ñame con miel en Navidad y Año Nuevo, le decía doña Cristina, quien no daba un real por los panas. Pese a esos comentarios desafortunados, Dimas continuaba en su lucha por, mínimo, desvirgarla aunque fuera un segundo antes del fin del 2011. Por eso se apareció por su casa a ayudarla a confeccionar un muñeco de esos que queman el 31. Doña Cristina, que era una vieja ladina, lo miró recelosa, pero como necesitaba la ayuda, aceptó que Dimas se quedara a dormir para empezar temprano la faena de la confección del muñeco: una réplica del general hospedado en El Renacer, a quien odiaba, porque lo consideraba el culpable de que los ‘hermosos rubios’ se hubieran ido de Panamá.

Para mayor seguridad, la doñita decidió que Dimas durmiera afuera, en la casita del perro, donde le instaló una hamaca. Medio cabreado, pero confiando en que a miss Pompis también ‘le picaban las ganas’ se fue a hacerle compañía a ‘Bruno’, el can.

Mientras, doña Cristina no se atrevía a pegar el ojo, pensando que Dimas tuviera algún poder especial para traspasar las paredes y meterse en la recámara de su hija virgen. Pero la vejez, que no perdona nada y menos a quien desea perturbar los quehaceres del amor, la hizo entregarse al sueño, por lo que pronto hasta la casita de ‘Bruno’ llegaban los ronquidos de la anciana, alertando a Dimas que ya había confeccionado un muñeco del exgeneral, al que sacó tapado con una sábana, para no asustar al perro.

Caminó con su bulto hasta la ventana del cuarto de miss Pompis y la llamó quedamente. La muchacha, agobiada por su propia humedad, estaba en vigilia, por lo que enseguida le contestó y entre los dos fueron quitando las persianas.

Fue un encuentro brutal, pero en silencio y a oscuras, aún así Dimas pudo, a través de las manos, corroborar que la exvirgen no solo tenía un trasero soberano, sino que esas medidas voluptuosas se extendían a otros puntos menos visibles. Tras varios asaltos exitosos, se durmieron desprevenidos hasta que la exseñorita oyó el chancleteo de doña Cristina. Dimas saltó la ventana desnudo y con la ropa en la mano. La vieja entró diciendo burlona: ‘De verdad que estos panameños no valen ni lo que se comen, el flojondango de Dimas se fue anoche, le dio miedo dormir afuera’.

‘Flojondango, pero lo hace bien bueno’, pensó la que ya no era doncella. Más tarde, doña Cristina armó un revolcón que hizo venir a la Policía, pues ella aseguraba que alguien había dejado un cadáver tapado en la terraza de su casa. Varios policías, con gruesos guantes, se encargaron de levantar la sábana para destapar al muerto, que no era otra cosa que el muñeco que Dimas había dejado allí.