Dímelo sin rodeos

‘Fueron seis', dijo Lenya cuando despertaron al mediodía siguiente, y Alejandro aseguró que no recordaba el número
  • jueves 18 de octubre de 2018 - 12:00 AM

Alejandro enredó su vida sentimental una tarde en la que salió con las compañeras de trabajo a tomarse unos traguitos, en el grupo iba Lenya, a la que él nunca había mirado de otra forma que no fuera la laboral, pero Lenya tenía un cuento sabroso que se avivaba con el licor, y se dio gusto esa tarde contando anécdotas propias y ajenas, por lo que Alejandro quedó cautivado y terminó la parranda en la casa de ella, adonde fue para bajarse una botellita sobrante de la Navidad anterior, que quedó intacta porque ni cuenta se dieron cuando quedaron, víctimas de las circunstancias, embolillados en el sillón, donde ella dio muestras de mujer fogosa y complaciente.

‘Fueron seis', dijo Lenya cuando despertaron al mediodía siguiente, y Alejandro aseguró que no recordaba el número, pero que aquello era borrón y cuenta nueva, de manera que quedaron enredados insaciablemente hasta que los venció el cansancio, y fue cuando él recordó a Dalvis, su pareja de casi quince años y con quien no vivía, pero sí sabían los conocidos que ellos tenían su relación sentimental, pareja de hecho como se dice ahora.

Fue ese el principio del fin de esa relación de tantos años, y solo pensar en decirle a Dalvis que quería dejarla era como ponerle a él los pelos de punta, le daban ganas de desaparecer del mapa o pedir un traslado para esas provincias lejanas, cualquier cosa menos enfrentarse a Dalvis para decirle que la dejaba. Inventó, desesperado, el recurso de la carta, pero cuando la tuvo lista le pareció una cobardía, llamarla tampoco le parecía de hombres machos, eso tenía que ser frente a frente, pero una cosa era pensarlo y otra, abismal, ejecutarlo, sabía que Dalvis no lo aceptaría y le daba miedo que ella tomara una decisión irreversible y quedara él con ese cargo de conciencia que no le permitiría ser feliz al lado de Lenya, a quien no pensaba perder por nada del mundo.

‘Tiene todo lo que yo he buscado siempre en una mujer: tetona, meneo sabroso y me hace reír a cada rato', pensaba cuando lo llamó Dalvis para decirle que ya había terminado de bordarle la camisa para noviembre, así que pasara a buscarla, que estaba extrañada porque llevaba tres días sin pasar por allá. ‘Paso mañana tempranito', le contestó, con la esperanza de hallar en la noche las palabras mágicas para decirle lo que a nadie le gusta oír: Ya no te quiero.

Para darle fuerzas, Lenya estuvo esa noche más ardiente que las anteriores, y eso le convenció de que tenía que luchar como macho por poder quedarse con ella para siempre, y que no era de hombres dejar a Dalvis sin decírselo personalmente, con ese ánimo llegó adonde ella, pero apenas la vio solícita como siempre, el ímpetu se le fue al piso, y la compasión lo bañó cuando descubrió que ella cargaba una bata y no llevaba ropa interior, indicativo de que deseaba que él se la tirara, señal que había usado en los casi tres lustros que llevaban de intimidad.

‘Espérate un momentito, que quiero ir al baño', le dijo cuando ella lo abrazó con esa fogosidad femenina que aflora cuando está frente al hombre que la pone a vivir. No halló en el retrete la fuerza ni las palabras, y salió gritándole ‘qué te parece si hacemos una pausa en esto y luego…'.

Lo paró el grito de ella que se le vino encima y le puso las manos en el cuello que tantas veces había acariciado: ‘Dímelo sin rodeos, dímelo sin vaselina, sé varón y vomita lo que sea', y apretaba a medida que hablaba, tuvo Alejandro que usar mañas para zafársele, y cuando lo hizo, Dalvis siguió acosándolo, histérica, pero cuando la vio agarrar un florero antiguo salió en estampida y su cabeza se salvó por un pelito de recibir el beso del jarrón. Gracias a que ‘Sultán' lo conocía pudo salir ileso y alcanzar la calle, pero no pudo liberarse nunca de la sombra del remordimiento cuando supo que Dalvis no había podido sobrevivir al dolor de perderlo.