Desplatado
- lunes 12 de diciembre de 2016 - 12:00 AM
A varios les habían templado las orejas por no imitar a Milton, quien se gastó un dineral para darle a su mujer, Patricia, un regalo de los grandes en ocasión del Día de la Madre. La bella quedó vestida de pies a cabeza, todo fino y caro, hasta un reloj de los que solo usan las cocotudas. En el vecindario también se supo que el hombre había pedido el viernes siguiente al festejo de las mamás para ponerse el delantal, así que estuvo cuatro días seguidos en el dulce hogar fregando, cocinando, lavando, planchando, limpiando y amando. ‘Lo celebraron como dos enamorados, dicen por ahí que por fin ella le dio el chiquitín y que por ese motivo, Milton la premió con tantos regalos', cuchicheaban por los rincones.
Pero como ninguna dicha es eterna, llegó el lunes y le tocó a Milton levantarse de madrugada para irse a trabajar. Fue cuando se formó el revolcón en el dulce hogar. El hombre llevaba media hora listo, pero no se iba. ‘Porque no tengo plata, por eso no me he ido', le dijo furioso a Patricia que se levantó para preguntarle qué hacía sentado en la sala. ‘El reloj está caminando', le gritó ella, y Milton vociferó que no se iba porque no tenía plata. La mujer se metió a la recámara, y él creyó que regresaría enseguida con el dolita que necesitaba para ir y venir, pero fueron corriendo los minutos, sumaron diez, se agregaron otros diez hasta que completaron media hora, y decidió asomarse a ver qué hacía Patricia. Lo que vio le alteró por completo el ánimo, su mujer dormía plácidamente, abrazada a la almohada, indiferente por completo a que él estaba con la cartera pelada. Corrió a la cocina para traer agua fría y bañarla por desconsiderada, pero cuando venía con el jarro helado pensó que era mejor revisarle la cartera, sacar lo que necesitaba y coger camino para el trabajo. ‘Eso me pasa por majadero, no le hubiera regalado nada por el Día de la Madre, si ella todos los años me compra un par de medias y listo, ah, pero yo me la quise pasar de regalón y aquí estoy pagando las consecuencias', pensaba mientras rebuscaba en la cartera de su mujer, adonde solo halló un cuara oxidado y perdido entre una montaña de papeles. En eso estaba cuando su mujer se despertó y lo enfrentó como si él fuera un caco de alto perfil.
Patricia se le acercó con gesto amenazante, le gritó cuantas insolencias le vinieron a la mente y, por último, le gritó: ‘Razón tenía mi papá, por eso él siempre se opuso a que nos casáramos, él repetía y repetía que tu papá y tu mamá siempre se han distinguido por rateros, tracaleros, buscapleitos y que se robaron toda la plata de la tubería del acueducto, que por eso la comunidad estuvo tres años sin agua'. ‘Milton tuvo que darle tres puñetazos a la pared para no desahogar su ira en la cara de Patricia, quien iba a seguir con su discurso ofensivo cuando su marido la jamaqueó mientras le decía: no me busques la lengua, que a tu papá y a tu mamá les falta un mundo para señalar a cualquiera, ellos sí son una porquería de gente. Hablando de rateros cuando son la peor escoria que hay en todo Panamá'.
Las palabras devastaron a Patricia, quien se le zafó al marido furioso y fue sacando los regalos que él le había dado, y cuando los reunió se los lanzó a la cara, ofendida hasta el alma. ‘Llévaselos a tu madre ladrona', le dijo ella, y Milton se desquitó: ‘Sí se los llevaré, pero después de que tú le preguntes a la tuya quién es el papá de los hijos de tus tres tías, anda, pregúntale a ver si te quedan ganas de volver a decir que mis padres son unos tracaleros'. Y se fue a pie para su trabajo, dispuesto a no regresar más.