¡A comer chicharrones!
- domingo 29 de diciembre de 2013 - 12:00 AM
En El Chirriscazo también tenían sus historias de fin de año, época en la que proliferaban las rifas de cuanta cosa se le ocurría a las mujeres habilidosas para llevar el real al hogar. Una de ellas era Leopolda, que tenía fama en el poblado de vestir a sus cuatro hijos con ropas y calzados de paquete para el Año Nuevo, gusto que se daba gracias a las rifitas que agilizaba apenas entraba diciembre.
Desde las primeras horas del domingo se ubicó en el sitio más estratégico de la plaza del pueblo, adonde llegaban por montones los lugareños deseosos de pegar un palo loco en el último sorteo del 2013. Estaba anotando, con su torpe caligrafía, los nombres de dos compradores cuando se le acercó Chello, quien desde siempre se sintió atraído por esas curvas rotundas que Leopolda no había perdido a pesar del medio siglo de vida. Pidió varios numeritos sin dejar de mirar las caderas firmes ni el busto empolvado. ‘Son veinte dola’, dijo ella, y Chello sacó el billetón justo cuando llegó su mujer, quien se opuso a que él comprara dos números de cada decena. ‘La plata es mía, oyó, además si me gano el puerco voy a invitar a su papá a comer chicharrones’, le contestó él con autoridad. ‘Tenga, Leopolda’, le dijo, y puso el billete en la mano de la mujer. Nadie vio que con el índice le rascó tres veces la palma, lo que en el campo equivale a decirle a una dama que la lleva prendida en los sentidos y está en espera de una oportunidad.
‘¿De qué tamaño es el puerco?’, preguntó la mujer. ‘De buen tamaño’, contestó Leopolda. ‘¿De qué color es, tiene manchas?’, siguió la esposa de Chello. ‘Es blanco y tiene manchas negras en la panza, y apenas baje el sol lo llevo a la casa de quien se lo gane’, fue lo que respondió la de la rifa.
El pereque comenzó a la una y diez, cuando la mujer de Chello dio un grito: A comer chicharrones.
Te ganaste el puerco y vamos a buscarlo ya, gritó afanada, pero Chello la obligó a quedarse. Se fue solo a la casa de Leopolda. Lleva una soga, le gritó, pero ver a su marido salir con el sombrero fino y emperfumado no le hizo ninguna gracia a la mujer, quien, minutos más tarde, lo siguió. Lo encontró en una hamaca, con un cerdito bebé en brazos, charlando animadamente con Leopolda, que a esa hora lucía ropa de casa, unos sensuales pantaloncitos que parecían muy pequeños para el trasero imponente.
La mujer entró y los miró encarada. ‘¿Dónde está el puerco que se ganó mi marido?’, preguntó dos veces. ‘Aquí está’, contestó Chello y le señaló el animalito que dormía indefenso. ‘Ese no es, me das el puerco de buen tamaño que decías rifar o yo tiro abajo esta casa’, amenazó llena de celos y de rabia. ‘Ese es y el ganador fue él, no tú’, le ripostó Leopolda, pero la esposa de Chello estaba iracunda, y sacó un tizón que halló en el fogón, con esto en la mano se le fue encima a la rifera, que retrocedió, pero se armó enseguida con otro tizón y le gritó: ‘Ven ahora, pendeja, ven aquí, cabrona, venirme a gritar a mi casa’. La intrusa dudó si enfrentarse o no, pero se llenó de miedo cuando vio a Leopolda amagarle con la madera encendida. Y huyó, seguida de su marido con el puerquito en una bolsa.