Chinito parrandero

 Oriel le propuso al chinito Fung que organizaran la izada de la bandera del Carnaval en el barrio
  • miércoles 13 de enero de 2016 - 12:00 AM

Al panameño le gusta decir ‘para un vivo, otro más vivo', y así mismo le pasó a Oriel, quien se juntó con Fung, el chinito al que ya se le habían pegado las mañas del panameño, la quemadera y el gusto excesivo por las mujeres pechugonas y de mucha carne atrás, en el centro y por donde se les mire. Oriel le propuso al chinito Fung que organizaran la izada de la bandera del Carnaval en el barrio. Al de Oriente le pareció fenomenal. ‘Tú te las sabes todas, Oriel', le dijo y lo choteó en señal de aprobación. Lo único que le preocupaba a Oriel era ‘sacar el permiso' con su mujer, la suculenta Dona, a quien abordó melosito: ‘¿Qué tú dirías, mami, si yo te dijera que… ?', preguntó varias veces hasta que ella le contestó ‘seguro que es sobre el Carnaval del chino'. Al marido le sorprendió que ya lo supiera, pero Dona le aclaró que Fung había puesto publicidad en las redes y que podía entregarse en cuerpo y alma a la organización del evento.

Y el saber que tendría permiso para estar en la calle hasta las mil lo ponía tan feliz que le prometió a su mujer que dentro de unos años organizaría un Carnaval fastuoso: ‘Tú serás la primera soberana'. Pero Dona lo miró seria y le dijo: ‘Ya yo soy reina de tierras milenarias y muy lejanas, así que te dejo la corona para la fea esa con la que tanto me quemaste'.

Oriel se fue enseguida antes de que su pareja recordara otra de sus travesuras y se entregó de lleno a los detalles de la fiesta. Él y el chinito izaron la bandera ante una muchedumbre que pedía a gritos música, agua, guaro, fiesta y jolgorio. Por todos lados había bulla y alegría, un rato después de la izada, Fung le preguntó a Oriel: ‘¿Y no trajiste a tu mujer?'. ‘Mi Dona dice que estas fiestas son del diablo y por eso no le gustan', contestó Oriel sin dejar de mirar con quién bailaba su amante.

Mientras, allá en su casa, Dona se daba un baño con sales del mar Muerto y hojas de menta. Se puso un vestido rojo y transparente que dejaba ver sus carnes abundantes y morenas, luego se echó en la hamaca a peinar su larga cabellera sintiendo que la menta era de efecto demasiado rápido, por lo que, si no se apuraba el esperado, volaría en pedacitos su punto G y los contornos vecinos. Apenas ladró el fiel ‘Zorro', ella supo que ya estaba ahí el hombre que con tanto ardor esperaba. ‘¿Venías a pie, chinito?', le preguntó mientras le quitaba la camisa y le sobaba con pasión sus pectorales lampiños. El recién llegado la miró con los ojos casi cerrados por el deseo y hundió sus labios y su nariz en la cabellera húmeda. Silencio y paz se escuchó en las dos horas siguientes, tras las que Dona se percató de que no había luz.

‘Para ya, chinito lindo, otro día sigues, parece que se fue la luz y a lo mejor paran la fiesta', le decía al oído mientras el can dormía casi que reventado de lleno con la bolsa de patitas de pollo que le trajo el comerciante, quien abandonó el exuberante cuerpo de la mujer ajena y se vistió deprisa.

‘Vete corriendo sin parar y a quien te encuentres dile que te secuestraron y te dejaron botado por allá, que hasta el sombrero te robaron', le dijo Dona, y agregó lujuriosa te esperaré todas las noches del Carnaval.

El chino volvió a la fiesta y a los pocos que halló les contó lo del secuestro.

Oriel aprovechó el apagón y se fue para donde la amante, pero llegó a su hogar al alba y despertó a Dona para contarle el percance de Fung. ¡¡¡Jo, que ese chino sí ta sala'o!!!, exclamó Dona y siguió dormida para sacarse el estropeo.

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Sensibilidad: Lávate con hojas de menta pa' que sientas más.

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Inocentón: Mi mujer dice que el Carnaval es del diablo.