‘Tas caché bombita, mi amol’
- lunes 19 de marzo de 2012 - 12:00 AM
Las pintas del fin de semana no le cayeron bien a Daniel. Con esa excusa llamó a su jefa y le avisó que no iría a laborar por quebrantos de salud inesperados y probablemente graves.
‘Vaya al médico, Daniel, puede ser algún problema con la próstata, mire que ya usted tiene cierta edad’, dijo la caritativa jefa. El comentario bienintencionado devastó el ánimo de Daniel, quien creía firmemente que aparentaba unos treinta años, máximo, y no los 43 que había cumplido en febrero.
‘A esa vieja lo que le falta es que le den lo suyo, por eso anda por ahí calculándole la edad a la gente’, pensó para consolarse. Pero el ánimo siguió alterado, sobre todo por la mención de la palabra próstata, que él asociaba enseguida con un bajón de la virilidad y, lo que sería la muerte, que se volviera impotente de la noche a la mañana.
Con esos pensamientos funestos y sin ningún fundamento científico trató de mirar la televisión, que en esos momentos mostraba un par de rubias tetudas y en biquini, imagen que no lo alteró, pese a que él ‘se encabritaba’ con cualquier estímulo visual.
Esa noche durmió de frente a la pared, temeroso de que lo suyo no respondiera, como siempre, a la cercanía de Adonay, su mujer, cuya retaguardia, exuberante y en forma de pera, la perfecta según los entendidos, era motivo de envidia entre las vecinas, la mayoría de traseros desnutridos y poco sugerentes.
¿Y entonces?, le dijo Adonay al amanecer. Pero Daniel no respondió y se fue a su trabajo sintiéndose el más impotente del mundo. A media mañana los hicieron pasar al salón de reuniones, donde les brindaron una charla sobre las causas y síntomas de la impotencia. Fue demasiado para los nervios de Daniel, quien no almorzó para repasar uno a uno los síntomas de la impotencia. Antes de salir del trabajo había concluido, tristemente, que tenía siete de los diez síntomas mencionados. Y volvió a dormir de cara a la pared noche tras noche hasta una semana después, cuando Adonay decidió irse a dormir al otro cuarto con la excusa de que ya él no servía, pero lo cierto era que ella tenía un entretenimiento con un pelaíto de la oficina que la zarandeaba con ímpetu y siempre en lugares incómodos, el carro, la arena de la playa o el tronco seco de un árbol, de manera que cuando regresaba a la casa lo que quería era cama.
En esa condición pasó otra semana hasta que Daniel, con la esperanza de que el licor le devolviera el poder, decidió salir a tomarse unas cervecitas con la gente del barrio, donde ya se había corrido el rumor de que ‘él no era él’.
Y fue un vecino malhablado y de peores sentimientos el que inició la bronca cuando Daniel le preguntó qué le pasaba a su perro, que andaba con un ojo cerrado y el otro supurando legañas.
‘Le pasa lo mismo que al gallo de su casa, que ya no pisa’, contestó el hombre, y los otros soltaron una carcajada estruendosa que distrajo por un segundo al dueño del perro. Una trompada contundente en el ojo izquierdo lo volvió a la realidad y quiso defenderse, pero ya Daniel tenía ventaja, por lo que nadie pudo evitar que recibiera una paliza por hablador. Dos de los que estaban menos ebrios se encargaron de separarlos unos minutos antes de que una ronda policial cargara con ellos por beber cerca de las bodegas.
Daniel regresó a su casa a reclamarle a su mujer por qué el vecindario sabía de su problema, pero ya Adonay había cogido rumbo con el pelaíto. Esa misma noche, una vecina opulenta de carnes, que pasó por ahí vendiendo bollos de mantequilla, no solo lo consoló, sino que lo ayudó a descubrir que no tenía ninguna impotencia. ‘Pero si tas caché bombita, mi amol’, le dijo la mujer después del encuentro.