Mi bruja querida

Si es por dinero dime cuánto debes y yo te pago todo para que te mudes conmigo
  • sábado 28 de mayo de 2016 - 12:00 AM

Gabina llevaba años esperando que Nelson dejara a la esposa, a la que él llamaba la bruja, para mudarse con ella, que en su casa le tenía ropa, zapatos y hasta chancletas que le había comprado porque muchas veces aquel prometió dejar el hogar y formar uno con ella. ¿Cuándo vas a hablar con la bruja?, le preguntaba ella anhelante, pero él sacaba un cuento más enredado que el anterior. Esta vez cambió la excusa, ahora no era por los niños que no se iba, sino por las deudas.

Si es por dinero dime cuánto debes y yo te pago todo para que te mudes conmigo. Nelson se quedó sin excusa y se echó a llorar para ganar tiempo e inventar un nuevo pretexto con que justificar su negativa a dejar el hogar para mudarse con la amante. ‘Es que esa mujer, como te he dicho, es muy mala, una bruja en el sentido más amplio de la palabra, es capaz de sabrá Dios qué maldad en contra de nosotros o de ti o de tus perros, quién sabe', dijo Nelson cuando ya no pudo seguir llorando. Hubo un silencio sepulcral, solo se escuchaba la respiración agitada y de pura rabia de Gabina, quien veía esfumarse su sueño de traerse al marido ajeno para su rancho. Fue ella la que rompió el silencio con un grito que oyeron los vecinos: ‘Tú lo que quieres es quedarte allá, cada vez sacas una excusa nueva, cuánto tiempo más tengo que esperar, son doce años, Nelson, doce años oyéndote quejas de esa, que si es cochina, que si es fea, que cocina mal, que no educa a los pelaos como Dios manda, puras quejas de ella, dices que no aguantas sus groserías, pero no la dejas, lárgate de mi casa y no vuelvas nunca, quédate con tu bruja, allá tú y tu pecado'.

Furiosa, lo sacó a empujones de la casa y borró el número del indeciso. Pero como era el número que más había marcado en los últimos años, la memoria lo tenía guardadito y en menos de una semana lo marcó nuevamente para preguntarle qué había pensado. ‘¿Cómo de qué más o menos?', contestó el amante con esa voz fea que a Gabina le parecía la más hermosa del mundo. Y le ripostó, rabiosa, ¿cómo que de qué?, de lo de nosotros'. Nelson respiró profundo y dijo en tono solemne, como cuando algunos repiten lo que ya tenían en la mente: ‘Bueno, si te contara que la bruja está peor, en estas noches me insultó feo, hasta a mi vieja la metió, y eso sí no se lo voy a perdonar, blablablá'. Esas palabras cambiaron la rabia de Gabina, y su instinto femenino le avisó que había que tomar al toro por los cachos y aprovechar esa oportunidad de oro para traérselo por fin para su casa. Esta vez no lo presionó, utilizó la vieja técnica de la amabilidad y lo confundió diciéndole: Ay, mi amor, cómo me duele lo que te está pasando, si en algo te puedo ayudar, tú sabes que estoy dispuesta sin pedir nada a cambio, lo que sea, me duele verte sufrir tanto por culpa de esa bruja malvada, claro que tú eres el único que puede parar ese sufrimiento, pero, bueno, tú sabrás…'.

Y se quedaron callados hasta que Nelson le preguntó si todavía estaba en pie la oferta de pagarle las deudas para que pudiera irse del hogar. Gabina no lo pensó y sacó el dinero que él recogió una hora después. Se fue con la promesa de volver al anochecer con sus maletas de ropa. ‘No es necesario, recuerda que acá tienes ropa, déjale esa de recuerdo a la bruja', le dijo feliz Gabina, quien salió a comprar sábanas nuevas que no ha podido usar porque aunque han pasado cinco años de la noche en la que Nelson debía volver para quedarse, aún no lo ha hecho ni se ha comunicado más con ella. Hasta el celular cambió.

==========

Indeciso: Es que no puedo irme porque los pelaos sufrirían mucho

==========

Mentiroso: Ya no soporto el carácter ácido de mi esposa.