El amuleto que nunca falla

Me creerán ustedes que Chinto, con solo colgarse el carné del trabajo (su amuleto) en el cuello.
  • martes 07 de enero de 2020 - 12:00 AM

Me creerán ustedes que Chinto, con solo colgarse el carné del trabajo (su amuleto) en el cuello, se transformaba en un don Juan de primera línea. Eso pensaba él, y era parte de su estrategia de conquista. Antes de seguir tengo que aclararles que no trabajaba en cualquier empresa, si ese hubiese sido el caso Chinto sería de los que se mete el carné en el bolsillo junto a las tarjetas del metrobús. Muy temprano, cuando tiene el turno de mañana, después de prepararse y de que la esposa le llena la lonchera con el jugoso almuerzo, se coloca el carné en el cuello. Así como los pelaos no pueden salir sin llevar el celular en las manos, Chinto salía por la vereda con el carné colgándose en la barriga. Chinto abordaba el bus por los lados de Tocumen aún oscuro y para su suerte, los metrobuses tienen las luces claritas, no como esos diablos rojos de antes que era una boca de lobo bulliciosa. Pasaba la tarjeta y desfilaba por el pasillo, en ese punto todavía se puede caminar bien por el pasillo, y se colocaba en el ombligo del bus. Las que entran y salen tienen que echarle un ojo a su amuleto.

Después de tantos años de hacer el mismo recorrido, Chinto ya no se preocupaba por mirar a los lados de la calle. Las mismos comercios, los mismos edificios, los mismos carros, la misma gente corriendo para no llegar tarde, lo mismo de lo mismo. Lo único que lo haría salir de aquella modorra sería, claro, que el amuleto le hiciera efecto, y rápido, porque esas conquistas, a su edad, no se dan de ya para ya, tiene que invitarlas a salir y a comer ceviche, su especialidad, cuando se cita con las guiales a los locales del mercado del Marisco.

El bus terminó su recorrido en la terminal y no pasado nada extraordinario. Chinto se bajó cabizbajo pensando que a sus 45 ya no le interesaba a nadie o que el amuleto ya no le servía. Con tanta desazón andaba que casi se le olvida la bolsita del lonche en el asiento. Si no fuese por una doña de buen corazón que le avisó le pierde la vasija de la comida con toda y bolsa a la esposa y así sí que se le arma la tercera guerra mundial.

Pero bueno, para su suerte, todavía tenía que tomar otro bus que lo llevara al lugar de trabajo. Esperó largo y tendido que arrancaba el bus cuando una dama de unos treinta y pocos se sentó a su lado. Ya él había perdido las esperanzas de todo, pero al ver a la joven de buen ver, se le pusieron las orejas coloradas y comenzó a sacarle conversación. Le tocó el tema de los tranques, de las vacaciones de los pelaos, del aumento del salario mínimo, de las muertes violentas en las carreteras y la repartiera de jamones de los diputados.

‘Pero usted no necesita del aumento del salario mínimo, dicen que en el Canal pagan muy bien', le comenta la dama mirando el carné con la descripción del cargo de Chinto: botero.

Ay papá. Y lo que vino después fue el intercambio de números de celular. Continuará.