El amante violado

‘Ruso’ siempre decía que solo Noé, el del arca bíblica, podía decir con sinceridad: ‘Tú eres la única mujer de mi vida’. Pero que despué...
  • martes 10 de enero de 2012 - 12:00 AM

‘Ruso’ siempre decía que solo Noé, el del arca bíblica, podía decir con sinceridad: ‘Tú eres la única mujer de mi vida’. Pero que después de Noé, ningún otro. Por eso él a cada rato buscaba fuera de la casa lo que no se le había perdido.

Le apodaban ‘Ruso’ porque así lo exigió su bisabuela, quien aseguraba que el padre de sus tres hijos, uno de ellos el abuelo de ‘Ruso’, era un científico blanco y rubio, oriundo de aquel país que tiene las fronteras más extensas, catorce vía terrestre y tres marítimas: Rusia.

‘Ruso’ heredó ese ‘aprecio’ por la carne blanca, por eso se volvió loco cuando conoció a Telma, una sudamericana hermosa, rubia, de piel tan clara como la de su bisabuelo, delgada y de medidas perfectas, pero casada. El estado civil de ambos no fue impedimento para que iniciaran una amistad con fines eróticos.

Al principio se veían en hotelitos, donde Telma hacía alarde de vampiresa y ‘Ruso’ del supermacho, capaz de cinco o seis tiradas violentas por tarde y hasta para dejar algo y llevar a la casa, igual ella, que gozaba de tanta capacidad amatoria que luego de la cita vespertina con el amante, en la noche premiaba al de la casa, quien terminaba la jornada incursionado en sentido contrario.

Llevaban su par de meses ‘viviendo’ cuando cogieron confianza y empezaron a encontrarse en la casa de ella, donde al ardor natural unían la adrenalina de hacerlo con el temor de que llegara el marido. Y les iba tan bien en este nuevo lugar que empezaron a encontrarse más seguido. Una vecina, que siempre había odiado a Telma porque esta sí podía llevar a cada rato a sus hijos al McDonald’s, le avisó al marido de Telma, quien se derrumbó moralmente en el trabajo. Fue su propio jefe que lo tomó de la mano y lo llevó a su oficina, de donde no salió hasta que se hubo calmado. Regresó a su casa normalmente, pero pidió a la vecina que en la próxima le avisara en cuanto el amante llegaba.

Tres días después, el machazo ‘Ruso’ llegó a mancillar el hogar ajeno. Pasaron directamente a la recámara a su faena ilegal.

Mientras, en la oficina del marido de Telma, todos se extrañaron de verlo salir con el jefe y con un desconocido con pinta de malagente.

‘Los hombres solo lloran cuando se les muere su madre’, le repitió el jefe durante todo el camino al marido cachudo que recostado en el asiento de atrás lloraba en silencio.

Antes de entrar, el jefe le dio una palmadita al cornudo en cada hombro. Entraron y avanzaron, el jefe siempre al lado del marido de Telma, que temblaba e intentaba retroceder.

La escena que contemplaron fue tan brutal que el marido traicionado empezó a vomitar alertando a los amantes que voltearon sorprendidos. El jefe abrió un cartucho que llevaba, sacó una soga y, entre él y el desconocido, amarraron a ‘Ruso’ sobre la cama matrimonial.

‘Haga su trabajo y dele duro para que aprenda a respetar las camas y las mujeres ajenas. En media hora lo espero allá afuera’, le dijo el jefe al desconocido.

Cuando la Policía llegó, llamada por Telma, ya los tres hombres se habían ido, y el machazo ‘Ruso’ estaba tan adolorido y avergonzado por la ‘violación’ que no quiso formular ningún cargo.

Dos policías, luchando para no reírse, lo desamarraron y le ofrecieron llevarlo al médico, pero él prefirió que lo llevaran a su casa.