El aguijonazo del demonio
- jueves 23 de febrero de 2012 - 12:00 AM
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Agrega El Siglo en Google ↗️A pesar de que recién se iniciaba el periodo de Cuaresma, la paz estaba alterada en el hogar de Jaime y Camila, quien días atrás, sin caronas ni reproches, le había dado permiso al primero para que se fuera solo a carnavalear al interior, donde estuvo en completa orfandad los cuatro días, reportándose a través del celular mañana y tarde solamente. Y todo fue armonía hasta el regreso de Jaime, que al llegar a casa se acostó a dormir a pierna suelta olvidando la cartera en el bolsillo del maletín de viaje.
Mientras Jaime roncaba y soñaba con el Carnaval apenas terminado, en el que él gozó como verdadero loco, tanto que a veces le avergonzaba recordar algunos detallitos de la fiesta de Momo, Camila leía un libro sobre cómo conservar la armonía matrimonial y otros temas afines que ella olvidó en cuanto escuchó los ronquidos y vio el maletín abierto, donde celular y cartera parecían decirle ‘revísanos’.
Intentó primero con el celular, pero no pudo desbloquearlo, optó por la cartera, una costumbre femenina en vías de extinción. Y fue allí donde encontró el detonante de la pelea. Jaime había salido del hogar a carnavalear con cien dólares, cinco billetes de veinte que ella, por precaución, marcó. Los billetes estaban allí, en el mismo lugar donde fueron puestos antes de salir, y lo que le parecía aún más alarmante: había otros diez billetes, también de veinte dólares.
Cerró la cartera y se acostó al lado de Jaime a conjeturar toda la noche sobre la procedencia del dinero y el porqué del regreso de los cien panchos que su marido llevó para gastar en el Carnaval.
Antes de que el alba asomara en el horizonte ya tenía una explicación. Jaime era un chulo, único desliz que ella le había advertido que jamás le perdonaría.
Se levantó encarada y se mantuvo silenciosa durante todo el día, mirando con profundo desprecio a Jaime, a quien hubiese preferido ir a sacar a la cárcel por ladrón que saberlo chulo.
‘Solo las mujeres aceptan plata por sexo’, ‘El varón que recibe plata por dar cariño es peor que un maricón’, dijo mientras Jaime echaba su ropa carnavalera en la lavadora, casi al anochecer. Con esa cantaleta estuvo hasta cuando decidió acostarse. Cerró con llave la puerta de la recámara matrimonial para impedir el ingreso del nuevo chulo, que pasó buen rato tocando y rogando que lo dejaran entrar. ‘Entro por la buena o por la mala’, pensó y con un empujón derribó la débil estructura de aserrín. Camila lo recibió con una andanada de trompones y zapatazos, asestándole uno justamente sobre el ojo derecho. El dolor del golpe en esa parte tan sensible del rostro obligó a Jaime a retroceder y a buscar ayuda médica. Casi al amanecer, solo en el hospital, fue atendido y luego hospitalizado para una cirugía urgente con la intención de salvarle la visión de ese ojo, cuyo párpado seguía caído, quizás para siempre.
Fue cuando recordó que era el cumpleaños de Camila y que el regalo que le mandaba la abuelita del interior estaba en su cartera. En ese momento comprendió la razón del ataque, pero juró, por su vista, que jamás le daría una explicación de por qué no gastó nada de dinero en el Carnaval ni cómo se encontró con la abuelita de ella. Cuando salga del hospital me iré a vivir con mi hermana y luego viajaré al interior a devolverle el dinero a la abuelita de Camila, pensó mientras sentía que por fin el dolor en el ojo comenzaba a disminuir.
A pesar de que los médicos pudieron salvarle la vista y levantarle el párpado, nunca quiso siquiera oír la disculpa de Camila, quien pronto supo que el dinero era una sorpresita que le mandaba su abuela, que a menudo dice que en esta época sale Satanás a clavarle aguijones a los débiles.