- domingo 11 de enero de 2026 - 12:00 AM
A las siete de la mañana del 18 de marzo de 2019, cuando el sol de Colón emergía con una pesadez húmeda y asfixiante, los conductores que transitaban por la barriada Villa Del Caribe notaron que el aire se sentía distinto. No era solo el habitual ajetreo policial; era un silencio espeso que emanaba de un esqueleto de concreto y varillas que se alzaba frente a la vía Boyd Roosevelt, Transítmica.
Aquel edificio en construcción, una mole de sombras y cemento fresco, se había convertido en un mausoleo prematuro.
Entre los muros a medio terminar, yacía un cuerpo. Los agentes de la Dirección de Investigación Judicial( DIJ), palidecieron al entrar. Encontraron a la víctima en un charco de sangre. Lo más inquietante no era el desorden, sino la falta de él. Todo en el sitio se mantenía en su lugar, con una pulcritud quirúrgica que sugería que la muerte no había sido una pelea, sino una ejecución silenciosa y eficiente.
Cuando los peritos de Medicina Forense voltearon el cuerpo, la realidad golpeó con la fuerza de un mazo. El hombre de 58 años, identificado como José Herrera Sánchez, ya no tenía un rostro que reconocer. Sus rasgos habían sido borrados, sustituidos por una masa de tejido expuesto y fragmentos óseos.
José era el seguridad del local. Aquella mañana de domingo, su relevo llegó con el aroma del café todavía en el aliento, esperando una transición rutinaria. En su lugar, encontró un cuadro de horror: su compañero, aquel hombre serio de Nuevo México, estaba reducido a un bulto de carne inerte bajo la luz cruda del amanecer.
El grito del vigilante al descubrir el cadáver se perdió en el estruendo de la Transístmica, pero el vacío que dejó en su pecho fue permanente.
Llamó a la policía con manos temblorosas, mientras sentía que desde las sombras del edificio algo —o alguien— aún lo observaba con ojos hambrientos.
Los peritos, al examinar las heridas, confirmaron que el arma no había sido una bala misericordiosa. El asesino había utilizado una varilla de hierro, un elemento de la propia construcción, para descargar una furia metódica contra su víctima.
Cada golpe en el rostro de Herrera Sánchez parecía haber sido dado con la intención de arrancarle la identidad antes de quitarle la vida.
Extraoficialmente, se decía que el hierro estaba incrustado con tal saña que parecía que el asesino quería fusionar al hombre con la estructura que custodiaba. El metal frío y el cuerpo cálido se habían vuelto uno solo en la penumbra de la madrugada, dejando un rastro de esquirlas y desesperación.
Las autoridades judiciales buscaban un móvil, una razón lógica para tal carnicería. Aunque el robo parecía la explicación más sencilla, el hecho de que nada de valor —salvo quizás el alma de José— hubiera desaparecido, sembró dudas en las mentes más experimentadas.
El Ministerio Público comenzó a rastrear patrones, buscando en las huellas de sangre algún indicio de humanidad.
Sin embargo, la escena sugería que los atacantes no eran simples ladrones, sino sombras que conocían cada rincón del edificio, moviéndose como fantasmas entre los andamios para sorprender a su presa.
El foco de la investigación se centró entonces en el arma de fuego de reglamento. En Colón, el arma de un celador es un trofeo de guerra, una llave para cometer pecados futuros. Los criminales no solo buscaban el hierro para matar, sino el poder que otorgaba aquel revólver desaparecido de la cintura del difunto.
La Fiscalía de Homicidios contactó a la agencia de seguridad, rastreando números de serie y registros, tratando de ponerle nombre al acero que ahora circulaba por las calles. Pero el arma de José se había esfumado, como si se hubiera disuelto en la misma oscuridad que devoró su rostro.
Una fuente policial confesó, bajo el anonimato del miedo, que a veces los delincuentes no matan por el arma, sino por el placer de someter a quien representa la autoridad. Para ellos, José no era un hombre con familia en Nuevo México, sino un obstáculo de carne que debía ser demolido para cimentar su propio reino de terror.