Un miedo que crecía en silencio

Nunca se identificó al responsable, el miedo colectivo dio origen al nombre “El Monstruo de Mixco”
  • domingo 01 de febrero de 2026 - 12:00 AM

Ocurrió en un municipio grande, densamente poblado, con barrios que se expandieron sin planificación y donde la presencia del Estado suele llegar tarde. En ese escenario, a lo largo de varios años, comenzaron a repetirse historias similares: mujeres jóvenes que salían de sus casas y no regresaban, cuerpos hallados en zonas baldías, barrancos o áreas poco transitadas, investigaciones que avanzaban lento o simplemente se estancaban.

Al principio, nadie hablaba de un asesino serial. Cada crimen fue registrado como un hecho aislado. Un feminicidio más en una estadística que no dejaba de crecer en Mixco, Guatemala. Pero entre vecinos, familiares y periodistas empezó a surgir una sospecha inquietante: los casos se parecían demasiado.

Fueron los medios de comunicación y el rumor popular los que acuñaron el término “El Monstruo de Mixco”. No se trataba de un apodo oficial ni de una figura judicialmente reconocida, sino de una manera de nombrar el miedo colectivo. El “monstruo” no tenía rostro, pero sí patrones: zonas similares, perfiles de víctimas que se repetían, tiempos cercanos entre un crimen y otro.

Ese nombre reflejaba algo más profundo: la sensación de que alguien estaba cazando, mientras las autoridades no lograban —o no querían— unir las piezas.

Las víctimas, en su mayoría, eran mujeres jóvenes de sectores pobres. Algunas trabajaban, otras estudiaban, varias se desplazaban solas por necesidad. Los cuerpos aparecían con signos de violencia, pero sin que las investigaciones lograran establecer vínculos firmes entre los casos.

Expertos y organizaciones de derechos humanos denunciaron que la falta de enfoque de género, la sobrecarga del sistema judicial y la normalización de la violencia contra las mujeres impidieron una investigación integral. Cada expediente dormía en su propio cajón, sin una mirada que los conectara.

Mientras tanto, el miedo crecía en Mixco. Madres que acompañaban a sus hijas a las paradas de bus. Vecinas que dejaban de salir de noche. Rumores que corrían más rápido que las versiones oficiales.

La maldad sin rostro

A diferencia de otros casos de asesinos seriales en el mundo, el “Monstruo de Mixco” nunca fue presentado ante un tribunal. No hubo una captura que cerrara el capítulo ni una confesión que explicara los crímenes. Eso convirtió al caso en algo aún más perturbador: la posibilidad de que nunca se supiera la verdad completa.

Algunos sospechosos fueron investigados en distintos momentos, pero ninguno logró sostenerse judicialmente como responsable de una serie de crímenes. Para muchas familias, la justicia nunca llegó. Solo quedaron expedientes inconclusos y preguntas sin respuesta.

Guatemala arrastra desde hace décadas altos índices de violencia y feminicidios. En ese contexto, el caso de Mixco no fue una excepción, sino un reflejo de un problema estructural: cuando la violencia se vuelve cotidiana, deja de escandalizar.

La figura del “Monstruo de Mixco” expone una verdad incómoda: no siempre hace falta un criminal brillante para cometer atrocidades durante años; basta con un sistema que falle, una sociedad que se acostumbre y autoridades que reaccionen tarde.

Hoy, el nombre sigue apareciendo en reportajes, foros y conversaciones cuando se habla de impunidad y violencia contra las mujeres en Guatemala. No como un personaje de leyenda urbana, sino como un símbolo del horror que crece cuando nadie escucha a tiempo.

El “Monstruo de Mixco” no vive solo en los expedientes policiales. Vive en el miedo heredado, en las calles que se vacían temprano, en las familias que aún esperan respuestas. Y sobre todo, en la certeza de que algunos crímenes no solo matan a sus víctimas, sino también la confianza en la justicia.Los crímenes ocurrieron en Mixco, uno de los municipios más poblados de Guatemala.