Sorprendía a las víctimas dentro de sus carros
El caso estuvo marcado por errores judiciales, sospechosos inocentes y teorías nunca probadas
Hasta hoy, nadie ha sido condenado
- domingo 18 de enero de 2026 - 12:00 AM
Agosto de 1968. En una zona rural, una pareja fue asesinada dentro de un automóvil. El crimen pasó casi desapercibido en ese momento, pero con los años sería reconocido como el inicio de una de las series criminales más perturbadoras. Durante los siguientes 17 años, el país viviría bajo la sombra de un asesino al que llamaron “El monstruo de Florencia”.
Entre 1968 y 1985, al menos 16 personas, siempre parejas jóvenes, fueron asesinadas en circunstancias similares en la región de Toscana. Los ataques ocurrieron de noche, en caminos apartados o zonas boscosas, lejos de testigos. El patrón se repitió con una regularidad que dejó claro que no se trataba de hechos aislados.
El rastro se repetía. Desde los primeros casos, los investigadores detectaron coincidencias inquietantes. Las víctimas eran sorprendidas dentro de automóviles estacionados y el arma utilizada era siempre la misma: una pistola Beretta calibre 22. El arma jamás fue recuperada, pese a décadas de búsqueda.
Para los peritos, este detalle confirmaba que detrás de los crímenes había una sola mano o, como mínimo, un mismo entorno criminal. Sin embargo, identificar al responsable fue una tarea que superó a la justicia italiana.
Durante años, el caso avanzó a trompicones. Las autoridades siguieron pistas contradictorias, descartaron sospechosos y reabrieron expedientes sin lograr una línea sólida de investigación.
El primer condenado fue Stefano Mele, hallado culpable por el doble asesinato de 1968. Pero con el paso del tiempo, los propios investigadores admitieron que Mele no podía haber cometido los crímenes posteriores.
El reconocimiento de ese error fue devastador: significaba que el verdadero asesino había continuado actuando durante más de una década sin ser detenido.
En los años noventa, la atención se centró en Pietro Pacciani, un agricultor de la zona con antecedentes por violencia y delitos sexuales. La fiscalía lo presentó como el “Monstruo de Florencia” y logró una condena en primera instancia.
El juicio fue seguido con enorme expectación mediática. Para muchos, Pacciani encajaba en el perfil. Para otros, las pruebas eran débiles y circunstanciales. La duda terminó imponiéndose: en apelación, el acusado fue absuelto por falta de evidencias concluyentes.
Lejos de cerrar el caso, la absolución lo sumió en un caos mayor. La fiscalía volvió a acusar a Pacciani y señaló a otros hombres como posibles cómplices, en una teoría que hablaba de un grupo criminal y no de un asesino solitario.
A partir de ese momento, el expediente se llenó de hipótesis imposibles de confirmar. Algunos investigadores hablaron de rituales, otros de coleccionismo de trofeos y hasta de supuestos vínculos con sectores influyentes de la sociedad local. Ninguna de esas líneas fue probada en los tribunales.
Pacciani murió en 1998, antes de que existiera una sentencia definitiva en su contra. Con su fallecimiento, también se evaporó la última posibilidad de una condena firme.
Oficialmente, la justicia italiana dio por concluido el caso años después. Pero para los familiares de las víctimas, periodistas y criminólogos, el expediente sigue lleno de sombras. Nadie fue condenado de forma definitiva por los ocho asesinatos dobles atribuidos al “Monstruo de Florencia”.
Hoy, el caso es citado en escuelas de derecho y criminología como un ejemplo de errores acumulados: investigaciones mal dirigidas, pruebas mal manejadas y juicios que terminaron destruyendo vidas sin ofrecer respuestas claras.
Más de medio siglo después del primer crimen, el “Monstruo de Florencia” sigue siendo un símbolo del miedo y de la frustración. No solo por la brutalidad de los hechos, sino porque el Estado italiano nunca logró decir, con certeza, quién fue el responsable.