- domingo 04 de enero de 2026 - 12:00 AM
Durante casi dos décadas, el río Green y sus alrededores fueron el escenario de una pesadilla que parecía no tener fin. Mujeres jóvenes, muchas de ellas trabajadoras sexuales o adolescentes en situación de vulnerabilidad, desaparecían sin dejar rastro. Algunas reaparecían semanas o meses después, sin vida, abandonadas en bosques, barrancos o a la orilla del agua. Los medios de comunicación comenzaron a hablar de un solo responsable: el asesino de Green River.
El nombre real del hombre detrás del horror era Gary Leon Ridgway. Nació en 1949 y, a simple vista, parecía un ciudadano común: casado varias veces, padre, empleado de una empresa de pintura de camiones y sin un historial criminal que alertara a las autoridades. Esa normalidad fue su mejor camuflaje. Mientras la policía desplegaba uno de los operativos más costosos y extensos de la historia criminal estadounidense, Ridgway seguía con su rutina diaria.
Los primeros cuerpos aparecieron a inicios de los años 80. En 1982, la alarma se encendió cuando varias mujeres fueron halladas asesinadas en la zona del río Green. Todas compartían un perfil similar: jóvenes, marginadas y con pocos recursos, lo que complicó aún más las investigaciones. Muchas no fueron denunciadas como desaparecidas de inmediato. Algunas no lo fueron nunca.
La policía creó una fuerza especial con decenas de detectives, perfiles psicológicos del FBI y recursos tecnológicos que, para la época, eran de punta. Se entrevistaron a miles de sospechosos. Ridgway fue uno de ellos. Pasó pruebas de polígrafo —que no resultaron concluyentes— y fue descartado temporalmente. Ese error permitió que siguiera matando.
El modus operandi era escalofriante. Ridgway abordaba a sus víctimas con aparente calma, ganaba su confianza y luego las estrangulaba, casi siempre con sus propias manos. Después regresaba varias veces a los lugares donde abandonaba los cuerpos. Según confesó más tarde, lo hacía para revivir el crimen y asegurarse de que nadie más “poseyera” a sus víctimas.
Durante años, el número de muertos fue creciendo sin una cifra clara. Las estimaciones hablaban de 49, luego de 60 y finalmente de más de 70 mujeres asesinadas, lo que convirtió al Asesino de Green River en uno de los criminales más letales en la historia de Estados Unidos. Sin embargo, Ridgway nunca fue un asesino impulsivo. Era metódico, paciente y frío.
El giro definitivo llegó a finales de los años 90, cuando los avances en análisis de ADN permitieron reexaminar pruebas antiguas. En 2001, una muestra genética encontrada en varias víctimas coincidió con el perfil de Ridgway. Esta vez, no hubo escapatoria. Fue arrestado el 30 de noviembre de ese año.
Durante los interrogatorios, Ridgway sorprendió incluso a los investigadores más experimentados. Confesó con una tranquilidad inquietante, sin mostrar remordimiento. A cambio de evitar la pena de muerte, aceptó colaborar con las autoridades y revelar la ubicación de varios cuerpos que aún no habían sido encontrados. Llevó a la policía a bosques, ríos y zonas rurales donde el tiempo y la naturaleza habían borrado casi todas las huellas.
En 2003, Gary Ridgway se declaró culpable de 48 asesinatos, aunque las autoridades reconocen que la cifra real podría ser mayor. Fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Durante la audiencia, algunos familiares de las víctimas lo enfrentaron cara a cara. Hubo gritos, lágrimas y preguntas que nunca tuvieron respuesta. Ridgway, imperturbable, apenas levantó la mirada.
El caso del Asesino de Green River dejó profundas lecciones. Expuso las fallas del sistema judicial, los prejuicios hacia las víctimas y la dificultad de investigar crímenes cuando las personas asesinadas pertenecen a los sectores más invisibles de la sociedad. También mostró cómo un hombre aparentemente insignificante puede convertirse en un monstruo a plena luz del día.
Hoy, Ridgway envejece tras las rejas, aislado y vigilado. El río Green sigue su curso, como si nada hubiera ocurrido. Pero para las familias de las víctimas, la herida permanece abierta. No hay sentencia que repare la ausencia, ni confesión que devuelva la paz.
El Asesino de Green River fue el reflejo de una sociedad que tardó demasiado en escuchar a quienes nadie quería ver.