Comarca ngäbe: La masacre que no alcanzó a nacer en El Terrón

  • domingo 08 de febrero de 2026 - 10:28 AM

La noche descendía temprano sobre Toncrick Arriba, en la comarca Ngäbe Buglé como si el sol tuviera miedo de quedarse más tiempo del debido. En esa parte de la comarca, la selva no solo rodeaba las casas: las observaba. Los árboles altos, retorcidos, parecían inclinarse cuando el viento callaba, como oyentes de secretos antiguos.

Desde hacía semanas, algo estaba mal.

Los perros dejaban de ladrar al caer la tarde. Los niños eran llamados a gritos antes de que oscureciera. Y por las noches, cuando la bruma bajaba desde las montañas, se escuchaban cantos apagados, palabras repetidas una y otra vez, siempre con el mismo ritmo, siempre desde el mismo claro del bosque.

—No son rezos —murmuraban los ancianos—. Los rezos no suenan así.

Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos lo pensaban:

El Terrón podía repetirse. Repetirse la masacre que se cometió en enero de 2020 en el Terrón, Santa Catalina, comarca Ngäbe Buglé.

Allí la escena fue dantesca y dolorosa, se dio el hallazgo de una fosa clandestina en donde fueron encontrados siete cadáveres de seis menores de edad entre las edades de 1 a 17 años y una adulta en estado de gravidez. Por estas muertes 9 personas habían sido condenadas.

El recuerdo aún estaba fresco, como una herida que nunca cerró. Años atrás, no tan lejos de allí, una comunidad entera había sido sacudida por una locura disfrazada de fe. Una mujer embarazada. Niños. Una fosa cavada con manos convencidas de estar haciendo lo correcto. Desde entonces, el miedo había aprendido a caminar entre las chozas.

Por eso, cuando algunos vecinos vieron a los seis reunirse de madrugada, siempre con el mismo gesto ausente, siempre con la mirada clavada en el suelo, supieron que el silencio ya no era una opción.

La mujer destacaba entre ellos.

No levantaba la voz. No gritaba como los demás. Sus palabras eran suaves, casi maternales. Decía que había sido elegida. Que los espíritus antiguos estaban disgustados. Que la comunidad estaba contaminada. Que el sacrificio no era muerte, sino purificación.

—No todos pueden entenderlo —susurraba—. Solo los que escuchan.

Y ellos escuchaban.

Los hombres la seguían como si ella sostuviera una antorcha invisible. El menor, apenas un niño, repetía los cantos sin comprenderlos del todo, como quien aprende una canción antes de saber su significado.

La noche en que todo iba a ocurrir, el aire estaba pesado. No había estrellas. La luna parecía escondida a propósito.

Fue entonces cuando alguien corrió.

Un vecino, con el corazón golpeándole las costillas, llegó hasta donde aún había señal, hasta donde la ley todavía podía escuchar. Sus palabras salieron atropelladas, llenas de miedo:

—Van a matar... dicen que es un rito... como en El Terrón...

No pasó mucho tiempo.

Las luces de los vehículos rompieron la oscuridad como cuchillos. Los agentes del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront ) y de la Dirección de Investigación Judicial ( DIJ) entraron al claro del bosque justo cuando el canto alcanzaba su punto más alto. Los detenidos no opusieron resistencia. Algunos lloraron. Otros sonrieron. La mujer solo cerró los ojos, como si aquello también hubiera sido anunciado.

—No han detenido nada —dijo con calma—. Solo lo han pospuesto.

Fueron llevados ante un juez. Palabras legales, medidas cautelares, términos que no existen en la selva. Por un momento, pareció que ella volvería a caminar libre, a seguir susurros que nadie más oía. Pero algo pesó más: el riesgo, la historia, la sombra de los niños enterrados años atrás.

Las puertas del centro penitenciario se cerraron tras ella con un sonido seco, definitivo.

Y sin embargo...

En Toncrick Arriba, nadie duerme del todo tranquilo. Porque aunque los cuerpos estén encerrados, las ideas no conocen barrotes. Los cantos ya no se oyen, pero el bosque sigue ahí, observando.

Esperando.

Porque la fe torcida no muere fácil.

Y la noche, en esa parte del mundo, siempre vuelve.