Davis Peralta Checa y su amor eterno por el baloncesto

El jugador olímpico Davis Peralta Checa. Richard Bonilla/El Siglo
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  • 16/03/2026 00:00

A sus 77 años, Davis Peralta recuerda cómo su pasión lo llevó a los Juegos Olímpicos

Davis Peralta Checa, conocido como JR Peralta, quien representó a Panamá con la camiseta número 5, recuerda a sus 77 años el camino que lo llevó desde una cancha oscura en El Chorrillo hasta uno de los escenarios más grandes del deporte mundial: los Juegos Olímpicos.

Con los ojos llenos de alegría, Davis cuenta a El Siglo cómo, a los 8 años, se enamoró del baloncesto, un amor que ha conservado intacto con el paso de los años.

Al inicio de su niñez jugaba béisbol, pero su destino cambió gracias al profesor Eugenio Luzcando, quien lo observó y le dijo: “Creo que te estás equivocando de deporte”. Y no se equivocó.

Aunque no tenía la estatura típica para el baloncesto, Davis apostó por este deporte, que lo llevaría a lo más alto que puede alcanzar un atleta: representar a Panamá en unas Olimpiadas.

Sus primeras prácticas parecían sacadas de una película. Entrenaba en el antiguo Gimnasio Neco de la Guardia, en El Chorrillo, administrado por su abuelo José, de origen chino. Practicaba de noche y a oscuras porque su abuelo debía pagar la electricidad. “Yo era todo en esa cancha: jugador, árbitro y público. Solo escuchaba el sonido del balón al entrar al aro, porque casi no se veía nada”, recuerda entre risas. Hoy, ese gimnasio lleva su nombre.

Davis Peralta Checa pide que se le haga justicia y se le otorgue finalmente la pensión vitalicia que le fue concedida, pero que aún no se ha concretado.

Incluso perfeccionó su puntería con un aro improvisado hecho con un gancho de ropa, invento de un amigo. Esa destreza años después lo convertiría en el máximo anotador de los Juegos Olímpicos de México 1968. A pesar de su estatura, su capacidad para encestar sorprendía a todos. “Hasta me tiraban flores en la Olimpiada”, recuerda con orgullo.

El talento también corría por su sangre. Su abuelo fue uno de los primeros árbitros de béisbol, su padre Davis y su tío jugaron baloncesto, y sus tías, Vilma y Melva, fueron destacadas jugadoras de la selección femenina de Panamá.

Antes de llegar a México 68, la selección panameña ya había dado de qué hablar. En los Juegos Panamericanos de 1967 en Winnipeg, Canadá, lograron la medalla de bronce, solo por detrás de Estados Unidos y México, y su equipo también consiguió medallas de oro y plata en otros torneos.

Pero no todo fue alegría. “Gané, perdí, reí, lloré y gocé”, admite Davis, quien recuerda con tristeza un momento que aún le duele: el tiro fallido en un partido contra Uruguay. “Aún me duele en el corazón”, confiesa con los ojos humedecidos.

Hoy vive junto a su esposa Eyda Checa en Natá, Coclé, y se siente orgulloso de sus tres hijos. Sin embargo, carga otra frustración: la pensión vitalicia que le fue otorgada aún no se ha concretado.

Petición

Por ello, solicita al presidente José Raúl Mulino que se haga justicia y que finalmente se concrete la condecoración Manuel Roy en grado de Caballero, un reconocimiento reservado para los atletas panameños que han llevado el nombre del país a lo más alto, tanto a nivel nacional como internacional.

Entre sus recuerdos también guarda anécdotas curiosas. Durante una visita a Cuba, tras una victoria de Panamá por 59 a 50, tuvo un breve encuentro con Fidel Castro. El líder cubano le dijo: “El baloncesto es para gigantes”. Y Davis, nervioso, respondió sin pensarlo: “Yo no le tengo miedo ni a usted”, confiesa entre risas.

Al igual que con Fidel, también atesora un recuerdo con el General Omar Torrijos, con quien hizo una apuesta si vencía a Cuba en un partido jugado el 12 de marzo de 1970. “Le gané la apuesta y le mostré la medalla de oro; me gané un departamento en Villa Gabriela, expresó con orgullo.

Sin embargo, Davis lamenta que esas mismas medallas (de oro y bronce) que simbolizan su esfuerzo y logros, le fueran robadas de su casa en Natá, un golpe que aún le duele profundamente.

Davis fue uno de los nueve jugadores que completó el ciclo olímpico: Juegos Deportivos Centroamericanos, Juegos Bolivarianos, Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos y Juegos Olímpicos.

Hoy, a sus 77 años, mira el presente del baloncesto panameño con nostalgia y deja un mensaje para las nuevas generaciones: “A los deportistas de hoy les falta enamorarse del deporte y entrenar con pasión; no deben enfocarse solo en ganar dinero o concentrarse en los tiros libres, sino en el orgullo de llevar a Panamá a lo más alto”.