[Cuento] Chalito y los secretos del Centro Histórico
- 17/05/2026 00:00
Había una vez un niño llamado Chalito que iba caminando por el Centro Histórico. Al llegar a casa, su abuelita le pidió que comprara unos víveres en la tiendita del barrio.
Cuando Chalito bajó, se encontró con un turista que lo saludó con una sonrisa que le recordó a su abuelito. A su regreso, Chalito se encontró con su tío y le comentó que el turista seguía sentado en el mismo lugar, y decidieron acercarse.
—¡Hola, señor! ¿Cómo está? ¿De dónde nos visita? —dijo Chalito, mientras su tío observaba.
—Estoy bien, vengo de Austria. Mi nombre es Albert. Me encanta su país: el clima, los edificios, la arquitectura... todo es muy bonito.
Chalito, siempre curioso, le preguntó:
—¿Dónde aprendió español? ¿Por qué está sentado aquí?
—Aprendí en la escuela. Estoy esperando a mi familia que está recorriendo el Centro Histórico.
—¿Y usted por qué no fue? —insistió Chalito, mientras su tío escuchaba sus curiosidades.
—Es que no puedo caminar tanto y prefiero esperar sentado aquí, así no molesto a los demás.
Chalito se quedó en silencio y le dijo algo al oído a su tío. Ambos sonrieron y se despidieron del turista Albert con una sonrisa.
Minutos después, Chalito y su tío volvieron con la silla de ruedas de la abuela.
—Hola señor Albert. Venimos a buscarlo.
Podemos llevarlo al recorrido por el Centro Histórico. Nosotros le contaremos la historia mientras alcanzamos a su familia—
El señor Albert los miró titubeando, sonrió y aceptó.
Cuando recorrían los edificios antiguos, muchos restaurados y bien pintados, Chalito contaba lo que había aprendido en la escuela, mientras su tío empujaba la silla de ruedas.
Al llegar al Altar de Oro de San José, Chalito, entusiasmado, relató:
—Cuando Henry Morgan, pirata galés, saqueó Panamá Viejo en 1671, los frailes jesuitas pintaron de negro este altar barroco para que pareciera de madera común. Así lograron salvarlo del saqueo. Desde entonces, en las noches del Centro Histórico, cada vez que suenan las campanas, aparecen los frailes jesuitas para cuidar el altar de oro.
El señor Albert estaba muy impresionado con las historias de Chalito.
—¡Allá está mi familia! —dijo Albert sonriendo, mientras sus familiares los veían con sorpresa.
Albert no dejaba de hablar de la emoción y exclamó:
—¡Ahora si puedo acompañarlos!
Les presentó a sus familiares y continuaron el recorrido agradecidos.
Cuando el turista Albert volvió a su país, contó a todos sus amigos sus aventuras con Chalito y su tío. Se compró un carrito de movilidad para adultos y siguió conociendo muchos lugares del mundo.
Un día, les llegó un mensaje a Chalito y su tío:
—Gracias a ustedes soy muy feliz. Los invito a mi casa en Austria—
Moraleja:
Quien ayuda con el corazón no solo transforma el día de otras personas, sino que deja una huella de bondad que trasciende idiomas, culturas y fronteras.