Panamá

El niño inca que murió como sacrificio al sol

El niño inca que murió como sacrificio al sol

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miércoles 27 de abril de 2022 - 11:00 a.m.

Para los incas la muerte no existía como nosotros la conocemos. La veían solo como un tránsito

¿Cómo es posible que un niño de tan solo 8 años sea sometido a una travesía colosal, llevarlo al límite de sus capacidades humanas y ‘premiarlo' al final de su esfuerzo extremo con la muerte?

La pregunta anterior encaja en un razonamiento actual promedio (y de lógica occidental). Pero en este caso no aplica, si tomamos en cuenta que se trata de una historia real, sí, pero sacada de la idiosincrasia del imperio incaico.

Para los incas la muerte no existía como nosotros la conocemos. La veían solo como un tránsito. Así que este niño que escogieron como regalo al sol, lo veían como un embajador de ellos ante los dioses.

Desde esta perspectiva no se podría hablar del ‘sacrificio' de un niño, sino más bien de una ‘ofrenda' humana... aunque al final de cuentas sea la triste historia de la pérdida de una vida inocente.

El cuerpecito del niño fue hallado en el año 1954, y desde entonces se le conoce como ‘El Niño del cerro El Plomo', porque sus restos —impresionantemente preservados— fueron encontrados en la cima del cerro El Plomo, frente a la actual metrópolis de Santiago, la capital de Chile.

Peregrinaje a la muerte

Así inició todo. La noticia tuvo que conmocionar a su familia, en especial a sus padres: su pequeño había sido seleccionado para ser una ofrenda al dios sol.

Antes de comunicarle todo a su hijo, papá y mamá lo vieron sin evitar emocionarse. Era tan hermoso, casi perfecto, tan lleno de vitalidad, tan inocente.

Pero justamente esas características lo hacían ideal para la ofrenda.

Tenía que ser libre de defecto y de familia de la nobleza incaica (tal vez hijo de algún destacado militar).

Sus padres le explicaron cada detalle hasta que entendiera perfectamente que había sido escogido para la ceremonia de la ‘Capacocha'.

Se trata de uno de los rituales más importantes del calendario inca, donde seleccionaban a un niño de algún punto del vasto imperio incaico. Si nos ubicamos en las fronteras actuales sería el territorio comprendido entre el océano Pacífico al oeste y la selva amazónica en el este, desde el Río Ancasmayo (Colombia) al norte hasta el río Maule (Chile).

Los investigadores creen que nuestro niño se llamaba ‘Cauri Paccsa'. Y como ordenaba la ceremonia, fue arrebatado del seno de su familia honorable y llevado a Cuzco, la capital del imperio.

Allá, el pequeño ‘Cauri Paccsa' fue recibido con fiesta en la plaza principal, en el ‘ushnu' (centro simbólico del universo incaico) y tuvo una audiencia con el inca y los sacerdotes, quienes sacrificaron animales selectos en su honor.

Luego partió de Cuzco (hoy Perú), junto a una comitiva de sacerdotes, mujeres y guerreros a un viaje extremadamente duro por el territorio más seco del mundo, el desierto de Atacama. Se adentró así el niño en el territorio que hoy es Chile.

La misión era espeluznante incluso para los caminantes más experimentados: trasladarse desde Cuzco hasta el imponente y mítico cerro El Plomo... un trayecto con un recorrido de nada menos que 2,893 km (algo así como 5 veces y medio el territorio de la República de Panamá).

El niño comía hojas de coca para mantener la vitalidad. Aun así, los días eran extenuantes y las noches heladas, a menudo con temperaturas bajo cero.

Cuando finalmente llegaron a las faldas del cerro El Plomo, vino la parte más difícil: el ascenso a 5,400 metros sobre el nivel del mar, hasta el lugar del sacrificio-ofrenda.

¿Cómo llegó hasta allá el niño de 8 años? ¡Pues caminó mucho! Cuando su cuerpo fue encontrado tenía unos mocasines de cuero, pero sus pies estaban fuertemente inflamados.

Fue vestido para la ceremonia con una camisa de lana y una manta que cubría su espalda. Le pintaron el rostro de rojo con franjas ocres y lo peinaron con unas doscientas trenzas. En su antebrazo derecho tenía un brazalete de plata y sobre su cabeza un tocado de lana negra, coronado con plumas de cóndor.

Le dieron a beber un brebaje fermentado, una chicha de maíz para emborracharlo y apaciguar el violento frío. Fue tratado con ‘consideración' hasta el final; su cuerpo no registra golpes ni heridas. Pero fue enterrado vivo (en estado de semiinconsciencia) en una especie de bodega cubierta con una lápida.

Allí, solo, en silencio helado y en total oscuridad, el niño se durmió y pasó del sueño a la muerte sin darse cuenta. Falleció por hipotermia.

Descubrimiento

Unos 500 años después, su cuerpo fue encontrado congelado con todo su atuendo ritual y en cuclillas, la posición que asumió para enfrentar el frío mortal.

Tras una complicada negociación, las personas que lo encontraron lo vendieron al Museo Nacional de Historia Natural de Chile, gracias a las gestiones de Grete Mostny (ver foto), en ese entonces la jefa de la Sección de Antropología, quien insistió ante los directivos para que se diera la adquisición, pues ella visualizó que era un ‘tesoro de enorme valor'.

En este museo, hasta los años 1980 el niño era exhibido al público. Pero luego fue trasladado a un área reservada para su preservación. Y además porque Unesco recomienda no exhibir restos humanos, y que la difusión del patrimonio cultural se haga de una forma ética, con el debido respeto a los pueblos originarios.

Por eso actualmente los visitantes de este museo en Chile lo que ven es una réplica del valiente niño que coronó la cordillera de Los Antes para inmortalizar su leyenda.

Le dieron a beber una chicha de maíz para emborracharlo y apaciguar el frío. Y allí, solo, en silencio helado y en total oscuridad, el niño se durmió y pasó del sueño a la muerte sin darse cuenta. Falleció por hipotermia.
 

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