No hay diálogo

K amelia caminaba por las calles de su pueblo, llenas de charcas malolientes, producto del deficiente sistema de desagüe tan común en nu...
  • miércoles 08 de febrero de 2012 - 12:00 AM

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K amelia caminaba por las calles de su pueblo, llenas de charcas malolientes, producto del deficiente sistema de desagüe tan común en nuestro Panamá. Iba rumbo al mercadito, donde compraría costillas de res, ñame, culantro y otros vegetales para prepararle una deliciosa sopa a Fernando, su marido, quien, pobrecito, la había pasado muy duro varios días, varado, al igual que otros compatriotas y extranjeros, a merced de los indígenas ngäbes y buglés que cerraron, para exigir sus derechos, la vía Interamericana, justo sobre el río Viguí, punto donde termina la provincia de Veraguas, que alberga la isla Coiba, la más grande del país, y comienza la provincia de Chiriquí, la Altiva, en la que se ubica el corregimiento de Río Sereno, sitio en el que puede verse la naturaleza desnuda, virgen y en su máxima expresión.

‘Esta sopita lo resucitará’, pensaba Kamelia, pues su marido había regresado desganado del tranque.

Ni hambre voraz ni urgencias íntimas había traído Fernando, a quien ella, esa mañana, observó con detenimiento, mientras dormía, como siempre, desnudo. Ni una ronchita ni una picada de mosquito vio en la blanca piel de su amado Fernando, que es como los chinos, cualquier bichito le irrita la dermis.

Alejó todos esos pensamientos dañinos en contra de Fernando, a quien el jefe lo tenía en tres y dos porque ‘desconfiaba’ de su versión de víctima del tranque, incluso había amenazado que lo botaría si lograba comprobar lo contrario.

Mientras, Fernando, el guapo y ‘perseguido’ por las chichis, repetía una y otra vez a sus compañeros la odisea vivida durante los larguísimos días de tranque.

‘Hace un rato dijiste otra cosa’, le dijo una, famosa por serrucharle el piso a los compañeros. ‘Ahora dices que había una ngäbe que te hacía ojitos, ayer dijiste que era una gringa’, le ‘cantó’ otra que sospechaba que ‘había gato encerrado’.

Pero Fernando, que además de guapo, atlético y alto, vino al mundo con los chips de la facilidad de palabra y la astucia, sabía cómo salir libre de las malas intenciones de sus compañeras.

Y mientras en la oficina Fernando trataba de hacerle creer al jefe que su ausencia de varios días tenía como causa única el cierre de la Interamericana, en su casa, Kamelia había puesto la sopa ‘levantamuertos’ y se disponía a lavar la ropa de su amado.

Masculló un par de palabritas en contra del director del IDAAN culpándolo de la poca presión que no le permitía llenar con rapidez la lavadora. Y fue en ese preciso momento, cuando ya iba a echar el pantalón de Fernando, que sintió el bultito, casi imperceptible, casi nada.

Metió la mano lentamente, como con miedo, y lo sacó.

El sol inclemente del verano se opacó en ese momento y la lavadora, a su máxima capacidad, dejaba salir agua potable que corría por toda el área de lavandería mientras Kamelia, descalza y despeinada, abordaba un taxi para llegar al trabajo de Fernando.

Ni siquiera los gritos del taxista exigiendo su pago la detuvieron. Entró a la oficina del jefe y le mostró el diminuto papel: un recibo de la tarjeta Clave de Fernando, con fecha y hora de la transacción, hecha en el segundo día del tranque, cuando se suponía que él estaba bien lejos de los sitios donde se pueden hacer estos trámites.

Fernando y sus amigos deliberaron en vano toda una noche tratando de encontrar una versión creíble para contarle a Kamelia, quien también pasó desvelada sacando agua de su casa y tratando de limpiar la olla quemada, en la que cocinaba la sopa resucitadora.

Solo la consolaba saber que Fernando, a quien el jefe despidió enseguida, tarde que temprano llegaría a pedirle otra oportunidad.

‘No hay diálogo’ le diré con decisión y firmeza, pensó Kamelia y siguió limpiando la olla, pese a la poca visibilidad que le dejaban las lágrimas.