Un mudo en apuros
- sábado 29 de octubre de 2011 - 12:00 AM
P ensando en la proximidad de las fiestas patrias, caminaba Lucho por las calles panameñas. Como era sábado había menos transeúntes, de manera que no tuvo que hacer fila para comprar sus frituras. Saboreaba una hojaldre cuando vino a su mente el recuerdo grato y picante de su última aventura con una hembrita ardiente y rellenita, de la que tuvo que apartarse porque ella era alérgica al látex, además de casada, por lo que él no se atrevía a correrse el riesgo de ‘hacerlo’ sin protección.
Se detuvo frente a una farmacia con la intención de comprar unos preservativos, porque su organismo, a gritos, pedía ‘eso’ para celebrar el último sábado de octubre.
No tuvo suerte en la farmacia, porque quien vendía era una mujer y a él, siempre, desde los quince años, cuando empezó a comprar estos asuntos, le daba vergüenza pedirle ese producto a una dama. Esperó un rato a ver si llegaba un vendedor, pero no fue así. Avergonzado escribió en un papel: preservativos con sabor a durazno. Fingiendo que era mudo le entregó el papel a la dama, quien sonriente y casi enseguida le trajo los preservativos. Salió rápidamente y sonrojado preguntándose con quién usaría lo comprado.
Casi a las nueve de la noche salió para la fiesta de su sobrina y aunque no había ninguna probabilidad de usar los ‘gorritos’, los metió en la cartera diciendo en voz alta: ‘Lleva eso Lucho por si hay con quien quemar tu viejo cartucho’.
La sonrisa se le borró completita cuando llegó a la fiesta y vio a la damita de la farmacia, quien pareció reconocerlo porque le sonrió. Los nervios lo traicionaron, pues no pudo sonreírle, pero sí reparó en las pechugas de la vendedora, las que dizque escondidas en una blusita transparente se dejaban ver en toda su dimensión.
Conforme avanzaba la noche, subía el tono de la fiesta, ya habían mandado a dormir a todos los chiquillos, de manera que los adultos que tenían pareja empezaron a manifestar emociones más fuertes. Fue la dama, que creía que Lucho era mudo, quien lo invitó a bailar. Pegaditos y apretaditos bailaron varias veces, en silencio, hasta que ella con señas le dijo que salieran porque hacía mucho calor. No supo Lucho de dónde sacó ella un cuaderno y un bolígrafo.
Allí le escribió que se llamaba Sandy, soltera en busca de un amor sincero y otros detalles. Igual hizo Lucho. Tomó la pluma y garabeteó su nombre y otros datos. Y como Sandy es una mujer moderna, ‘de alante’, lo invitó a conocer su casa. En el carro casi no ‘hablaron’ porque Lucho no podía manejar y escribir, pero sí aprovechó los semáforos para, con el pulgar y el índice, sobarle los pezones que casi, por lo que tocaba, se atrevía a asegurar que tenían el tamaño de medio dedal.
Al perro de Sandy no le gustó Lucho y se le abalanzó con tanta fuerza que él, a quien nunca le habían gustado estos animales, estuvo a punto de gritarle: quita, quita, perro de m… Pero recordó que era mudo y se la ‘perdonó’ al can.
Se bañaron en silencio, contemplándose ansiosos…
A Lucho se le enredaron los cables cuando la acción subió de tono, pues en la intimidad era muy expresivo y le gustaba decir unas cuantas palabritas ‘fuertes’ para darle más sabor a la faena. Y así, calladito, no le gustaba mucho.
Pero cuando llegó el momento cumbre no pudo resistir las ganas de dar sus gritos ni de soltar varias palabrotas que sorprendieron a Sandy, quien lo empujó violentamente y lo miró asombrada y seria…