La apuesta
- viernes 18 de enero de 2013 - 12:00 AM
E rnesto vivía apostando siempre, pero apostando a lo malo. Tenía una apuesta de varios años con un amigote, Ruiz, quien ya le había dado un ultimátum para que la cumpliera.
Dame un chance que la guial está dura, pero de que la tumbo, la tumbo, es solo cuestión de tiempo, ya está madurita. Se refería a su cuñada Abigail, hermana de su mujer Rocío. A ella le había puesto el ojo desde la primera vez que la vio, al lado de su hermana Rocío, quien creyó que los galanteos eran para ella y no paró hasta comprometerlo una tarde en el río, de manera que el padre de ambas, puñal en mano, fue adonde vivía Ernesto y le acarició las costillas con el arma advirtiéndole que la enterraría una y otra vez en ese punto si no se casaba con su hija Rocío.
Ya el viejo se murió, así que a qué es lo que le tienes miedo, o es que la pelá no quiere nada contigo, le decía Ruiz. Y Ernesto contestaba: No hay mujer que se resista a mis ojos verdes naturales, no comprados como los de algunos, lo que pasa es que Abigail es muy moralista y de seguro que le preocupa lo que diga la gente: que me estoy disfrutando a las dos hermanas.
En esa espera de la contraparte de la apuesta, que era por mil dólares, cantidad que ambos habían dado a guardar ante el juez del compromiso, otro individuo de malas costumbres, se corrió el rumor de que Abigail andaba en amoríos con un caballero del sector.
‘Ese man está perdiendo el tiempo, ese paicito tiene nombre y apellido, dentro de poco inauguro esa vaina y ya ahí nadie tiene que buscar nada, territorio de Ernesto Franklin Periñán González’, decía a bocajarro ante la mirada del otro apostador, quien solo le dijo: dale máquina a eso urgente o me salgo de la apuesta.
Pareció que la suerte le sonrió tímidamente cuando su mujer sufrió un accidente que la imposibilitó temporalmente para los quehaceres del hogar, por lo que Abigail vino a su casa a ayudarla. Y empezó Ernesto la persecución. Si la veía en la lavandería, allá se iba a soltarle su lírica de pacotilla, pero Abigail solo lo miraba seria. Jamás le respondía, lo que él interpretaba como una silenciosa aceptación. En otra ocasión se paró detrás de ella mientras fregaba. Recibió un bofetón en la mejilla, tan fuerte que en lugar de amedrentarlo, lo excitó más. ‘Parece que le gusta que se lo hagan con fuerza’, pensó y se quedó esperando otra oportunidad, que llegó esa misma noche, porque Rocío se acostó temprano, agobiada por el tratamiento. La vio en la sala mirando la tele y se sentó junto a ella, quien se levantó de inmediato. ¿Me tienes miedo cuñadita?, le dijo sonriendo. Miedo a Dios, nada más, pero para ese relajo que conmigo no tienes ni tendrás nunca esperanza, fue la respuesta de Abigail.
Al ver que se levantaba, la agarró por un brazo y le enseñó la caja fuerte: ¿Seguro que es a este al que le tienes miedo? Míralo, dónde vas a encontrar uno así grandote y que el dueño tenga la mirada verde, el color verde está de moda este año, mami.
Un solo jamaqueón le bastó a Abigail para zafarse del brazo de Ernesto, quien intentó agarrarla otra vez. La persiguió hasta la puerta, pero no pudo impedir que ella saliera y le pidiera auxilio a varios vecinos que charlaban en la calle, hasta donde también llegó Ernesto semidesnudo y encabritado, exigiéndole que entrara a la casa.
La solidaridad de los vecinos salió a flote cuando vieron que la agarraba violentamente por el cabello gritándole insultos y acusándola de sonsacarlo. Se formó una riña dispareja, en la que el más afectado fue él, porque su mujer, que se despertó por los gritos, llamó a la Policía, que vino pronto y se lo llevó detenido por intento de violación a su cuñada.