No hay más brava cosa que una mujer celosa
- miércoles 30 de noviembre de 2011 - 12:00 AM
En vista de que la ley ‘zanahoria’ impedía divertirse hasta el amanecer en algún local de la ciudad, Ramona, la más fiestera del barrio, a punta de suspiros ajenos, reunió varios panchos y organizó una pachanga para despedir el Mes de la Patria. Algunos vecinos colaboraron con sao, ensalada roja, pescado frito y otras viandas para acomodar una mesa bien surtida. La fiesta empezó temprano y llegaron invitados de varios puntos de la capital y del interior, entre ellos, Jerónimo y su mujer, la celosísima Rufina, quien tenía una eterna e imaginaria rivalidad con Bebé, la que sí le erizaba la piel y le perturbaba la mente a cualquier patriota arrestado.
Bebé era tan sensual que hasta la simple acción de agacharse a coger hielo de un cooler que había en la terraza sembraba desasosiego en el ánimo de los que estaban solos en la fiesta y aun de los que andaban acompañados. Tan solo por mirar, un marido angustiado recibió un pellizcón tan fuerte que le quitó las ganas de fiestar y se perdió para su casa dejando a su celosa concubina tan sola que antes de la medianoche ya estaba ‘jugando’ con un desconocido en la parte trasera de la casa. Algunos, los flojos, varones y damas, que no ‘sabían tomar cerveza’, buscaban baños imaginarios entre los tallos y las plantas de guandú que había en el patio. Bebé salió a acompañar a una amiga que ya estaba por reventarse cuando vio a Jerónimo que bañaba una mata de yuca. Le llamó la atención lo que vio. Rápidamente hizo un inventario mental de las que había disfrutado en su rica y variada vida sexual y no recordaba una tan pequeña. ‘Es como un manicito’, pensó y sonrió al recordar los celos absurdos de la mujer de Jerónimo.
En cuanto entró a la improvisada sala de baile, Rufina, que tenía un carácter batallonero, la miró con odio y dijo en voz alta: ‘Dios creó a las mujeres malas para perdición de los maridos buenos’. Bebé no le hizo caso y se metió a bailar sola ‘La cucarachita’, seguida de otras mujeres en orfandad marital que también tenían ganas de que alguien les aliviara la picazón. Rufina no soportó ver que Jerónimo miraba arrobado a Bebé contoneando sensualmente su cuerpo perfecto mientras con sus hermosos brazos señalaba donde, supuestamente, le picaba. Dominada por los celos, se metió a la pista y jaloneó a Bebé que quiso ignorar el ataque, pero como Rufina era más fuerte físicamente no le quedó otra que defenderse con la lengua por lo que le gritó ‘No me joda, señora, que a mí el ‘pitufín’ de su marido ni siquiera me haría cosquillas’. Y fue como desencadenar una rebelión, porque a Rufina se le mezclaron muchos años de callada frustración con las cervezas y, sobre todo, con la pregunta de cómo sabía Bebé del ‘defecto’ de su marido. Se le abalanzó dispuesta a matarla, por celos y por haberla puesto en evidencia delante del vecindario. En un momento se formó un caos, sillas, latas y botellas voladoras aparecieron por todos lados. Entre los gritos y la música alguien inventó prender un pataconcito que había en la esquina, otro, en represalia porque tuvo que dejar a medio palo un trabajito chueco que le hacía a la hija de la dueña de la fiesta, soltó el perro de un vecino, sembrando el terror entre los presentes. Atraídos por el conato de incendio, en cosa de minutos se presentaron la Policía y los bomberos, con varias ambulancias.
Mientras los paramédicos atendían a los heridos y mordidos del perro, los policías ponían orden entre los insurrectos y los bomberos sofocaban el incendio, en la recámara principal de la casa, Jerónimo le apagaba el fuego a Ramona, la gestora de la fiesta, quien era una firme creyente de que es la actitud y no el tamaño lo que asegura un orgasmo…