Altagracia y sus mentiras
- domingo 20 de enero de 2013 - 12:00 AM
La linda Altagracia tenía once meses con 26 días cuando dio sus primeros pasos, que sus padres aplaudieron llenos de dicha, porque la nena jamás quiso gatear, pese a que ambos la pusieron más de mil veces en el piso de tierra. Pero después de la primera alegría por los pasos de Altagracia vino una nueva desilusión: la niña, de rizos de oro, no daba ni un pasito de gracia si no colocaban un pañal o algo que evitara que sus piecitos rozaran la dura tierra. Y en ese quehacer se pasaban los padres, uno ponía el pañal y el otro lo iba quitando y colocando otra vez para que avanzara la princesa Altagracia, quien también despreció el clásico arroz de las viandas panameñas.
Con apenas un diploma de bachiller llegó a la ciudad de Panamá en busca del sueño capitalino, con la suerte de que pronto consiguió un empleo y no tardó en hacer realidad uno de sus objetivos: cambiarse el nombre que, según ella, era como ponerle la etiqueta de interiorana. A hora se llamaba María Camila, con ese nuevo nombre la conoció Juan Fernando, hijo de una familia adinerada de tradición, por lo que la ex–Altagracia empezó a estudiar etiqueta y a pulir sus maneras, porque ‘Juanfer’, como le llamaban a su novio, había dicho que la relación terminaría en el altar y pronto. El pelao, aunque rico, también sentía el cosquilleo abdominal que urge a muchos a buscar mujer de asiento para darle al cuerpo lo que pida, por esto le avisó a María Camila que sus padres irían al interior a conocer los suyos, para ir afinando los detalles de la boda. La muchacha se opuso rotundamente, temerosa de que descubrieran que ella había ocultado que sus padres vivían en lo más intrincado de la provincia bañada por dos océanos. Pudo convencerlo de que ellos vendrían a la capital, pero no contó con que don Sebastián ‘Chano’ Amores era hombre de sombrero plantado, el cual se negó rotundamente a quitarse para hacerle la visita a los ricachones, no así la mamá, doña Eugenia ‘Geña’ Camarena, quien sí le había corrido gusto a la hija y había aceptado ir al salón de belleza donde la transformaron, además de que estaba clarita en toda la lección que le había dado la hija: nada de decir que vivían en un pueblo donde no había luz y urgía el plan 100-0. ‘Acuérdate, mami, de que ahora soy María Camila, no se te ocurra decirme Altagracia, que me muero’.
Unas cuadras antes de llegar a la casa de los ricos, María Camila detuvo el carro y le dijo al papá: ‘Por favor, viejo, quítese el sombrero, con ese sombrero no puede presentarse ante mis suegros, quíteselo’, le rogó por centésima vez, pero el viejo no hizo caso, al contrario, amenazó con bajarse y regresarse a pie para la terminal. Avanzaron un poco más y otra vez la hija hizo la petición del sombrero, lo que cabreó al viejo, por lo que abrió la puerta y se bajó.
No hubo fuerza humana que lo hiciera subir otra vez y echó a andar con la esperanza de un taxi, pero se impuso el clásico no voy, y don Chano se sintió perdido en la gran ciudad. Se puso la mano en el sombrero para que la brisa no se lo llevara y caminó sin rumbo mientras su mujer y su hija llegaban a la casa de Juanfer diciendo que el viejo se había quedado en el interior por motivos de salud.
Mientras, apurado en un semáforo estaba el papá de Juanfer, esperando su turno para avanzar, preocupado porque se le hacía tarde para llegar a su casa, donde lo esperaban los suegros de su hijo, a quienes quería conocer.
Le llamó la atención el campesino parado y mirando a todos lados. Se bajó a preguntarle qué le pasaba. El interiorano soltó toda la cinta y concluyó: ‘Mi hija Altagracia me dejó perdido, yo solo quiero llegar a la terminal para irme hacia mi campito’.
‘Bueno, suba que yo lo voy a llevar, pero primero voy a mi casa que tengo un compromiso. Allí almuerza y luego mando a mi chofer a llevarlo, no se preocupe’, le dijo el adinerado al campesino, quien se sentó con su andar de campo, avergonzado, pero tranquilo.
‘¡Pongan otro puesto, que traigo un invitado!’, gritó el acaudalado al entrar con el ensombrerado, quien también gritó: ‘Oiga, don señor, pero si aquí está mi hija Altagracia’.