Curiosidades

‘Mentirita fresca' estafó hasta a su familia

‘Mentirita fresca' estafó hasta a su familia

sábado 23 de julio de 2022 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Edgardo era un cuentero desde pelaíto

Edgardo era un cuentero desde pelaíto. Siempre le agregaba más sazón a las historias cuando tenía problemas con sus amiguitos para quedar bien para'o y chifear la vergüenza.

Así se pasó la vida, de cuento en cuento. Sus vecinos ya sabían como era y lo toleraban. Decían, ‘A Edgarsín no le crean nada que del 100 por ciento de las cosas que dicen el 99.9 por ciento es mentira'.

Él vivía con sus abuelos, porque su mamá era madre soltera y le tocaba partirse el lomo para mantenerlo.

El tiempo pasó y cuando cumplió los 18 años de una vez se casó. Se enamoró de una muchacha en el interior y se fue a vivir con ella.

Diez años después que su relación acabó, Edgar regresó a su barrio, en la ciudad, con las maletas hechas y desplumado, porque la casa que sacó se la tuvo que dejar a su ex y a la hija que tuvieron juntos.

Como no tenía familia en el interior, renunció al trabajo para rehacer su vida en Panamá, donde, como después decía, nunca debió de haber salido.

El problema era que ahora, a Edgar, desempleado, se le dificultaba pagar la pensión de alimentos a su hija. Por lo que reactivó su ‘modo cuentero'.

A sus amigos les dijo que había tenido tanto éxito que veía a que ellos invirtieran en su negocio para que también fueran sus propios jefes.

Nunca trabajaba, solo salía a hacer mandados y regresaba, y cuando los del barrio se reunían él siempre tenía plata, por eso sus ‘frenes' fueron confiando en él.

El primero que invirtió con él, Armandito, le dio 100 dólares, al mes recibió 150 y esa misma plata la volvió a invertir.

Edgar le decía, ganaste el triple, vamos a seguir invirtiéndola. Al punto que todos querían tener la misma suerte que Edgar y Armandito.

Edgar mandaba plata para su hija, le daba para tener novias y embaucarlas a ellas también.

Una día una de las vecinas, Lesbia, necesitaba su inversión y ganancia porque su esposo había quedado sin trabajo. Edgar le dio tantas vueltas que ella se dio cuenta que la había estafado.

Enojada, le informó a todo el vecindario que pelaran el ojo con su plata, porque él no la devolvía y, para rematar, las supuestas ganancias eran falsas.

Hasta una junta hicieron los estafados y decidieron tocarle la puerta a los abuelos de Edgarcito para que ellos dieran una respuesta.

La abuelita, doña Vielka, fue la primera en hablar: ‘Mijitos, yo no sé nada de ese bandolero. No puedo responder por él porque él es mayor de edad y tiene que hacerle frente a sus asuntos, pero si lo llevan a la ley avísenme que yo atestiguo a favor de ustedes. Yo siempre he sabido que él es cuentero, aquí lo recibo porque es mi nieto, no tengo de otra'.

En seguida su esposo, Pedro, soltó a llorar y manifestó: ‘Pero es que a mí también me estafó, me dijo que estaba jugando caballos y que tenía un arreglo con alguien en el hipódromo que le decía cuál era el caballo ganador y por eso teníamos que tirarle un salve al sapeador'.

Los vecinos no sabían qué decir, es que los abuelitos de Edgar eran víctimas de él. Ese pela'o era un ladrón, un estafador que no quería ni a su familia.

El problema fue que no querían denunciarlo porque pensaban que esas denuncias quedan en na'. Y tenían ganas de pegarle, pero tenía una lesión en su brazo y les daba cosita pegarle así.

En el barrio reapareció dos o tres veces más para atrapar a sus incautos, pero todos se pusieron de acuerdo. La próxima vez que llegara le dirían: ‘¡Ey, qué xopa, ‘Mentirita fresca”, ya con ese choting, los que de casualidad no se sabían la historia tenían que sacar sus cuentas y conclusiones. A nadie le gusta transar con alguien a quien le apoden de tal manera.

Edargarcito se fue, nunca más volvió. Por ahí andará estafando a más gente. Lo último que supe de él es que se hizo pasar por funcionario de una institución y a cambio de materiales le pidió a su víctima varios cientos de dólares. ¡Pobrecita!.

Era embustero. Las mentiras salían de su boca como aliento en pleno invierno. Yo les voy a decir algo, hay que ser incrédulo, porque a quienes Edgarsín estafó, se pasaron de confiados.
 

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