Victoriano Lorenzo: El hombre pobre que trascendió la historia (I Parte )

Exclusión
  • 15/05/2026 00:00

Durante la época colonial, los nobles ocupaban las páginas de los libros y de las crónicas históricas. Con sus inmensas riquezas y supuestas virtudes, eran exaltados y gozaban de numerosos privilegios. En cambio, los sectores pobres fueron borrados de la historia oficial. Un caso fehaciente de este tipo de exclusión histórica es el de Victoriano Lorenzo, cuya figura fue proscrita y cuyos antepasados quedaron sepultados en el olvido. En los diarios de la Guerra de los Mil Días, se le calificaba como salteador de caminos, ladrón y delincuente, y era presentado como el terror de los llanos, los pueblos y las montañas.

Sin embargo, el odio contra él surgió mucho antes de su nacimiento. Desde la época colonial, los llamados “sin tierra” fueron esclavizados y privados de derechos. Su color de piel, su forma de vida, su cultura e incluso su condición social despertaban el desprecio de las élites dominantes. Considerados inferiores dentro de la escala social, muchos de ellos fueron, posteriormente, desplazados hacia las cordilleras y regiones apartadas. A pesar de esa condición social, su padre, Rosa Lorenzo, logró ocupar el cargo de gobernador de los indígenas de Penonomé. Preocupado por el futuro de su hijo, lo confió a la tutela del sacerdote jesuita Jesús Jiménez, de Capira, quien se encargó de su educación. Durante su niñez conoció al doctor Belisario Porras y, ya en su vida adulta, se dedicó al oficio de cobrador de impuestos y vendedor de sal.

Algo que llama poderosamente la atención, y que resulta importante analizar, es cómo, durante dos años de lucha, Victoriano Lorenzo no fue capturado por las huestes del ejército conservador, a pesar de no poseer formación militar formal ni haber estudiado tácticas de guerra.

Puede considerarse que su detención en el Cuartel de Chiriquí, tras el asesinato en legítima defensa de Pedro Hoyos, alias “Espejo”, le permitió conocer de cerca la estrategia militar de sus enemigos. Durante aquellos años de reclusión se convirtió en un preso de confianza dentro de esa gendarmería. Silencioso y observador, llegó a comprender profundamente la idiosincrasia de los militares. Estudió sus prácticas, asimiló la disciplina castrense y aprendió a identificar sus gustos, pasiones, fortalezas, estrategias y debilidades. Asimismo, conoció de cerca la jerarquía militar, pues era responsable de preparar la comida de los soldados. Sabía qué licores consumían y conocía también los días festivos en los que la soldadesca se entregaba a la embriaguez. Todas estas experiencias quedaron grabadas en su memoria y, posteriormente, le serían de gran utilidad en la guerra.

Cuando llegó el momento de la toma de la ciudad, Victoriano Lorenzo trasladó las armas desde La Chorrera hasta la capital. Sin embargo, el asalto terminó en un desastre en el Puente de Calidonia, en julio de 1900. Victoriano Lorenzo no participó directamente en aquella ofensiva; en cambio, recogió las armas dispersas y se dirigió hacia El Cacao.

El coronel Sotomayor salió en su persecución y llegó hasta El Cacao, donde incendió las viviendas y cometió atrocidades contra la población, incluyendo violaciones de mujeres y niñas. A su regreso, Victoriano Lorenzo encontró las chozas reducidas a cenizas.

Ante este hecho, surge la siguiente pregunta: ¿fue Victoriano Lorenzo un teórico del liberalismo? La respuesta parece ser negativa. Victoriano Lorenzo no fue un ideólogo liberal en el sentido doctrinario del término, pues su niñez y parte de su adolescencia transcurrieron bajo la orientación de un sacerdote. Su vinculación con el liberalismo surgió, más bien, a partir de un acuerdo político con el doctor Belisario Porras, relacionado con la abolición de los diezmos (Escarreola, Revista Lotería, nov.-dic. 2002, p. 76). En aquel momento, Victoriano Lorenzo ejercía el cargo de gobernador de los indígenas de Churuquita, Trinidad y El Cacao. Más que adherirse a una doctrina política estructurada, interpretó el liberalismo desde la realidad social de los sectores marginados. Tal como enfatizó Diógenes de la Rosa: “Entendía la revolución liberal como una guerra del pobre contra el rico” (p. 247). En consecuencia, abrazó la bandera roja del Partido Liberal para combatir contra los conservadores.

Luego del desastre del Puente de Calidonia surgieron dos tendencias dentro del liberalismo. La primera proponía la reconstrucción del ejército regular, mientras que la segunda defendía el fortalecimiento de la lucha guerrillera. Una de las facciones guerrilleras estaba encabezada por Manuel Patiño, quien levantó la bandera de la insurrección en agosto de 1900 en Corozal de Chepo. Posteriormente, se unió a Manuel Antonio Noriega y Domingo De la Rosa, con quienes combatió en los enfrentamientos de La Sabana y El Silencio, ocurridos el 12 y 22 de enero de 1901.

En la lucha de Corozal de Chepo, las fuerzas liberales no salieron bien libradas. Según señala Juan José Quirós Mendoza, el grupo conformado por Manuel Patiño, Manuel Antonio Noriega, Domingo De la Rosa y Faustino Mina llegó al campamento de Victoriano Lorenzo, en La Negrita, el 20 de enero de 1901.

Posteriormente, esta unidad militar se enfrentó a las fuerzas conservadoras el 8 de febrero de 1901 en Río Grande. Durante el intercambio de disparos murió Pedro Sotomayor, tras recibir un impacto de bala en el ojo izquierdo, y las tropas conservadoras terminaron rindiéndose.

Sin embargo, al regresar a La Negrita los ánimos se tornaron tensos y surgió una agria discusión, y la unidad guerrillera terminó por disolverse.

Un caso fehaciente de este tipo de exclusión histórica es el de Victoriano Lorenzo, cuya figura fue proscrita y cuyos antepasados quedaron sepultados en el olvido.