Eliminación del Ministerio de la Mujer: Menos Estado para las mujeres
- 07/02/2026 00:00
El mensaje que deja la aprobación en primer debate de la ley 447.
La historia no avanza en línea recta. A veces retrocede con aplausos, con lenguaje burocrático y con la sonrisa hipócrita del poder que se sabe impune. Se le llama “eficiencia”, “optimización”, “ahorro”, cuando en realidad es recorte ideológico. Así ocurre con la aprobación en primer debate del proyecto de ley 447, que elimina el Ministerio de la Mujer en Panamá. No es una reforma administrativa. Es una decisión política consciente. Y tiene responsables.
Quien crea que esta ley es una cuestión técnica miente o no entiende cómo funciona el poder. Eliminar el Ministerio de la Mujer no resuelve absolutamente nada, facilita no hacer nada. Es la forma elegante de lavarse las manos frente a la desigualdad estructural. Es gobernar desde la comodidad del privilegio y llamar a eso modernización.
La historia del arte —esa que tanto incomoda cuando se la lee sin romanticismo— ya nos mostró este mecanismo. Las mujeres no fueron excluidas por falta de talento, sino porque el sistema necesitaba que no contaran. No podían firmar obras. No podían estudiar anatomía. No podían entrar a academias ni heredar talleres. Cuando aun así lograban crear, se las castigaba. Artemisia Gentileschi pintó mientras cargaba el peso de un juicio que la convirtió en culpable antes que en artista. Camille Claudel fue encerrada en un manicomio para que dejara de estorbar. Sofonisba Anguissola necesitó autorización masculina para existir como creadora. No eran excepciones, eran el método.
El Ministerio de la Mujer existe porque ese método no desapareció; se actualizó. Hoy no se encierra a las mujeres en manicomios, pero se las deja sin instituciones con poder real. Eliminar el ministerio y trasladar sus funciones a un instituto sin músculo político es el mismo truco de siempre: mantener la retórica para neutralizar la acción. Decir “sí importan” mientras se les quita la silla donde se decide.
Quienes defienden la ley 447 repiten el mantra de que “las mujeres ya tienen derechos”. Es la frase favorita de quienes nunca han tenido que pelear por ellos. Los derechos no son patrimonio eterno, son conquistas frágiles que retroceden cuando el Estado se retira. En el arte pasó una y otra vez. Cada vez que las mujeres creyeron haber ganado espacio, el poder decidió que ya no era necesario sostenerlo. Y desaparecieron del relato.
El problema de esta ley no es solo lo que elimina, sino lo que confiesa. Cuando un Estado decide que la desigualdad de género no merece rango ministerial, está diciendo que no es prioritaria, que puede diluirse. Es el mismo gesto cultural que redujo a las mujeres a musas, pero nunca a autoras; a cuerpos admirables, pero no a pensamiento crítico; a presencia decorativa, pero no a poder.
La historia del arte es clara: cuando las mujeres no tienen estructuras que las respalden, desaparecen del registro. No del mundo, sino de la historia. El canon no se construye con talento, sino con poder. La política funciona igual. Eliminar el Ministerio de la Mujer es reescribir el canon institucional para que la desigualdad vuelva a ser invisible.
Presentar esta eliminación como progreso es un acto de cinismo. También se llamó progreso a expulsar a las mujeres de los talleres cuando el arte se profesionalizó. También se llamó progreso a vanguardias que hablaban de libertad mientras reproducían exclusión. El progreso real incomoda al poder; esta ley lo tranquiliza.
Reducir la agenda de género a un instituto es convertir una política de Estado en un trámite sin consecuencias. Es decirles a miles de mujeres que sus vidas, violencias y desigualdades no merecen una mesa de decisión, sino un archivo. Es volver al siglo XIX con discurso del siglo XXI.
En arte, lo que incomoda se censura. En política, lo que incomoda se elimina. La ley 447 no es neutral ni técnica. Es ideológica. Y su ideología es brutalmente clara: menos Estado para proteger a las mujeres, más silencio para que nada cambie.
Eliminar el Ministerio de la Mujer no va a acabar con los feminicidios, la brecha salarial ni la exclusión estructural. Va a hacerlos más baratos, más tolerables, más fáciles de ignorar. Y un país que abarata la injusticia no avanza, se degrada.
Dentro de algunos años, cuando alguien pregunte en qué momento Panamá decidió retroceder sin pudor, no habrá que investigar demasiado. Bastará con señalar este debate, este voto y esta ley. Porque la historia no castiga los errores. Castiga algo mucho peor: la decisión consciente de borrar y llamar a eso eficiencia.