Entrega especial: El General Esteban Huertas: prócer o traidor

Carrera militar
  • 03/11/2026 00:00

Esteban Huertas sigue dividiendo opiniones más de un siglo después de la separación de Panamá de Colombia

A más de un siglo de los acontecimientos que marcaron el nacimiento de la República de Panamá el 3 de noviembre de 1903, pocas figuras generan tanta fascinación, debate y polarización historiográfica como la del General Esteban Huertas. Para la narrativa tradicional panameña, cobijada bajo la llamada “leyenda blanca”, Huertas es enaltecido como un prócer indiscutible de valor imponderable que aseguró la emancipación. Sin embargo, desde la óptica de la historia colombiana, su nombre carga con el lapidario estigma de la traición a la patria que lo vio nacer. Aclaro a pesar de crear interés su figura se opaca en cada celebración novembrina la respuesta es clara no era de la elite que tomaría el poder

Nacido en el municipio de Úmbita, departamento de Boyacá, en el seno de una familia campesina humilde, Huertas llegó al istmo de Panamá siendo apenas un adolescente de catorce años. En el Istmo cimentó su carrera militar dentro del Batallón Colombia, destacándose por un arrojo indomable que lo llevó a perder su mano izquierda en 1900 debido a la explosión de un cañón durante el sitio del Morro de Tumaco. Más allá de los campos de batalla, su arraigo en suelo istmeño se consolidó a través de profundos lazos afectivos y familiares: contrajo matrimonio con la panameña Joaquina Ponce Jaén en enero de 1903 y vio nacer a su primogénito en octubre de ese mismo año en una residencia de la ciudad capital.

La cotidianidad de Huertas revelaba una personalidad compleja y entrañable. Quienes lo conocieron destacaban su excesiva modestia, su cercanía con los sectores más humildes y su fervor católico. En su retiro en la hacienda de “Quebrada Caballero”, en Pocrí de Aguadulce, solía ofrecer desayunos y almuerzos diarios a los necesitados y realizaba generosas donaciones a iglesias locales. Su sentido del humor y su memoria militar quedaban plasmados en detalles peculiares: bautizó a su toro como “Batallón Colombia” y a sus fieles perros con los nombres de “Chucuito” y “Tumaco”. Lejos de guardar rencores, era conocido por tratar con respeto a sus antiguos prisioneros de guerra, enviándoles toallas, pantuflas y cigarrillos a sus celdas.

El punto de inflexión de su vida ocurrió el 3 de noviembre de 1903. El ambiente en el Istmo era insostenible: el rechazo del Tratado Herrán-Hay por el Senado colombiano, los abusos administrativos y el trágico asesinato del poeta León A. Soto a manos de las autoridades agravaron el descontento. Ante los insistentes rumores de que sería relevado de su cargo y trasladado a la frontera con Venezuela para neutralizar el descontento istmeño, Huertas tomó una decisión trascendental. Al apresar en la capital a los comandantes colombianos Juan B. Tovar y Ramón Amaya, neutralizó la autoridad central y permitió que el movimiento separatista triunfara sin derramar sangre en la ciudad de Panamá.

No obstante, las memorias de Huertas revelan una profunda contradicción ideológica respecto al proceso emancipador. Aunque facilitó la secesión, el general advertía con lucidez sobre los peligros de depender de potencias extranjeras. En sus escritos reflexionaba que los colaboradores internacionales “le cobrarían intereses muy altos a la nueva República que tendría que pagar y sufrir a través de muchísimas generaciones”, evidenciando un escepticismo temprano ante el protectorado norteamericano.

Para Colombia, la actuación de Huertas constituyó una flagrante violación del honor militar y una traición imperdonable que desgarró la unidad nacional. En contraparte, el pueblo panameño lo idolatraba: desfilaba triunfante hacia la iglesia los domingos al mando de sus tropas, siendo recibido con aprecio en los hogares istmeños. Sin embargo, su protagonismo fue efímero; las crecientes fricciones políticas con el presidente Manuel Amador Guerrero y las presiones de Estados Unidos para desmilitarizar el país condujeron a la disolución gradual del ejército y a la renuncia de Huertas en octubre de 1904.

Calificar a Esteban Huertas de manera absoluta como prócer o traidor resulta una simplificación estéril. Huertas fue un hombre de su tiempo, un militar pragmático moldeado por la guerra y adoptado por una sociedad en ebullición. Su figura encapsula las profundas tensiones de una época donde los intereses geopolíticos globales chocaron con los afectos personales, dejando una huella imborrable en la compleja memoria histórica de dos naciones hermanas.

En fin, odiado por los liberales y consumido defensor de la ideología del partido conservador, Huertas se unió al ejército a los ocho años como ayudante y luego de tambor mayor. Su personalidad y destreza militar fueron demostradas en fuertes batallas en Colombia y Panamá. No fue un político de tribuna maquillada por el ansia de poder ni renegó con miedo ante la furia de los cañonazos y traqueteo de las ametralladoras. Desde la óptica del partido conservador luchó en el mar y contra las guerrillas liberales. La disciplina militar y su personalidad son sus mejores credenciales reconocidos en el Panamá de hoy.

En el Istmo cimentó su carrera militar dentro del Batallón Colombia, destacándose por un arrojo indomable que lo llevó a perder su mano izquierda en 1900