Atalaya: Cuando el tiempo derrumbó parte de nuestra memoria. La torre de la basílica menor Jesús Nazareno
- 12/10/2026 09:19
El pasado9 de octubre de 2026, el país vivió un acontecimiento que dejó una profunda huella en la memoria colectiva.
El movimiento de la tierra que estremeció nuestros hogares y alteró la tranquilidad de todos, nos dejaron edificios de instituciones, casas y templos en muy mal estado.
En esta oportunidad quiero expresar una imagen dolorosa, la caída de la cúpula de latorre de nuestra iglesia, ese templo que por generaciones ha formado parte inseparable del paisaje, de la fe y de la historia de nuestro pueblo.
Ante este hecho, los atalayeros experimentamos una profunda tristeza.Una sensación semejante al duelo se apodera de quienes comprendemos que esta construcción fue un testimonio de la vida de aquellos que nos precedieron.
Son huellas materiales de una historia que no comenzó con nosotros y que tenemos la responsabilidad de preservar para quienes vendrán después.Una iglesia levantada con la fe y el esfuerzo de muchas generaciones.
La historia de la iglesia de Atalaya se remonta al periodo colonial. Sus primeros antecedentes hablan de un pequeño bohío, con el paso del tiempo, aquel espacio dio lugar a construcciones más sólidas, fruto de la perseverancia de una comunidad que encontró en la fe una razón para trabajar unida.
Pasaron muchos años para ver la iglesia finalmente construida, iniciando labores desde elaño 1753, y no fue hasta el año 1923, cuando el cura Párroco Juan José Cánovas, impulsó la continuación de los trabajos de culminación de la torre la cual quedó terminada en 1925.
Finalmente fue inaugurada y bendecida el 19 de marzo de 1927, por el arzobispo Guillermo Rojas y Arrieta.Detrás de estas fechas hay algo que merece ser recordado, el esfuerzo de personas cuyos nombres no siempre aparecen en los libros.
Hombres y mujeres que, mediante sus trabajos, sus aportes y la perseverancia, contribuyeron a levantar y mantener un templo destinado a convertirse en uno de los símbolos más reconocidos de Panamá.
Cada puesto de ladrillo es una obra colectiva. Por eso, cuando una parte de esa estructura desaparece, no solo se altera una construcción antigua, también se hace visible el paso del tiempo sobre el legado recibido de nuestros antepasados. Nuestra Torre fue testigo de la fe, de las promesas y de la vida de un pueblo.
Durante generaciones, la iglesia ha permanecido como testigo silencioso de la vida de Atalaya. En ella se han reunido familias enteras para orar, agradecer, pedir consuelo y renovar sus esperanzas.
Sus muros hanacompañado de bautizos, matrimonios, despedidas y momentos de profunda intimidad espiritual.También ha sido testigo de las manifestaciones de una devoción que forma parte de la identidad cultural de Atalaya.
Su torre se alzaba sobre ese paisaje como una referencia familiar. Para quienes nacimos y crecimos en este pueblo, su silueta no necesitaba explicación. Estaba allí, como tantas cosas que damos por permanentes hasta que un día comprendemos aún más, cuánto significaban.
El sismo de este día nos enfrenta a una realidad dolorosa, la tristeza de perder una parte de nuestro patrimonio. miEl patrimonio histórico es valioso y también vulnerable. Las construcciones antiguas que han sobrevivido pueden sufrir en cuestión de segundos, daños que transforman su apariencia como también sucedió en otras iglesias del país.
No se trata únicamente de observar una cúpula caída. Se trata de mirarun lugar conocido y descubrir que algo familiar ya no está donde siempre estuvo. Es un sentimiento difícil de explicar, porque su presencia acompañó la vida de nuestros mayores y porque forma parte de la imagen de Atalaya que hemos guardado en nuestra memoria.
Sin embargo, no significa que toda su historia haya desaparecido, la importancia de la torre permanece en documentos, videos y fotografías. La tarea que tenemos por delante será documentar los daños, proteger lo que aún permanece y procurar que futuras intervenciones sigan respetando el valor histórico y arquitectónico del templo, tal como lo han demostrado nuestras autoridades eclesiásticas.
La historia no está hecha únicamente de grandes acontecimientos políticos. ni de fechas consignadas en los documentos oficiales. También vive en los edificios que heredamos, en los lugares donde aprendimos a celebrar ya despedirnos, en las tradiciones que nos reúnen y en los símbolos que nos permiten reconocernos como comunidad.
La cúpula de la torre de nuestra iglesia ha caído. Es legítimo lamentar la pérdida de una parte de un monumentoque nos acompañó durante tanto tiempo, pero esto puede convertirse en una forma de conciencia; nos recuerda que aquello que recibimos de nuestros antepasados constituye una herencia que debemos transmitir.
Que esta experiencia nos impulsa a valorar nuestro patrimonio, a investigar su historia, a conservar sus testimonios ya enseñar a las nuevas generaciones por qué estos lugares merecen respeto y protección.
La autora es magíster en Historia