Medir la violencia es permitirla
- 11/04/2026 00:00
La violencia no es un concepto para debatir, es una realidad que se enfrenta, desde la comunicación corporativa y el manejo de crisis hay un principio básico, lo que se tolera, se repite. Y cuando se trata de violencia, cualquier intento de clasificarla termina convirtiéndose en una forma de justificarla.
No se trata de desconocer contextos, se trata de no perder el punto central, la violencia es violencia, sin matices convenientes ni excepciones cómodas.
Está en el grito que humilla, en el golpe que deja marca, en la palabra que destruye, no pide permiso, no distingue género, edad ni condición, aparece, irrumpe y deja consecuencias.
Uno de los errores más peligrosos en escenarios de crisis es medir la gravedad de una agresión según quién la ejerce o quién la recibe, ese doble discurso no protege a nadie; al contrario, abre la puerta a que lo inaceptable encuentre espacio para repetirse. Hoy se condena con firmeza, mañana se relativiza, así no se construyen sociedades justas, se construyen narrativas convenientes.
Cada vez que se justifica una agresión, el mensaje es claro: hay violencias que pueden pasar, y ese es el verdadero problema, no las hay.
La violencia no tiene género. Tiene efectos reales, acumulativos y profundamente dañinos, mientras se siga evaluando en función de quién la protagoniza y no de lo que provoca, se seguirá fallando como sociedad, se debilitan límites, se distorsionan valores y se instala una peligrosa normalización del daño.
Y cuando eso ocurre, el silencio deja de ser neutral, se convierte en un mensaje peligroso.