Una fecha, dos realidades

  • 05/01/2026 00:00

El 3 de enero quedó marcado por una operación quirúrgica destinada a capturar a Nicolás Maduro y a su esposa en Caracas, trasladarlo de inmediato a una de las embarcaciones apostadas frente a las costas venezolanas y, desde allí, llevarlo en avión a Nueva York. Ese mismo día, pero en 1990, el prófugo Manuel Antonio Noriega se entregaba a las autoridades de los Estados Unidos, tras permanecer asilado en la Nunciatura Apostólica, exigiendo hacerlo en uniforme militar a fin de garantizarse un juicio militar en territorio estadounidense.

La diferencia entre ambas realidades es sustancial. En Panamá no hubo autoridades que defendieron al régimen de Noriega. Los estadounidenses se apresuraron a juramentar a los candidatos electos en mayo de 1989 —Guillermo Endara, Ricardo Arias Calderón y Guillermo Ford— y cerraron los ojos ante el caos que se desató en un país sin mando, sumido en saqueos, incendios y destrucción, cuyas secuelas aún pesan sobre la memoria nacional.

En Venezuela, en cambio, el escenario ha sido otro. Donald Trump se ha erigido en el mandamás de una nación herida, arrogándose decisiones que corresponden exclusivamente a los venezolanos. Llegó incluso a señalar que la vicepresidenta de Maduro podía asumir el poder si se alineaba con sus directrices, situación que finalmente se concretó, dejando al descubierto la fragilidad de la soberanía venezolana frente a intereses externos.

La justificación esgrimida para deshacerse de Maduro ha sido su presunta responsabilidad en narcotráfico y terrorismo. Sin embargo, resulta ingenuo no reconocer que el verdadero botín son las vastas reservas petroleras de Venezuela. El mundo ha reaccionado con preocupación, y un durísimo editorial del New York Times ha señalado la gravedad de que el Ejecutivo estadounidense actuara sin la anuencia del Congreso, al que ni siquiera se dignó informar, como si se tratara de una fuerza autónoma al margen de toda institucionalidad.

Mientras tanto, la esperanza de que se posesionaran los candidatos electos en julio de 2024 se desvanece con cada día que pasa. Trump, además, se ha permitido descalificar a María Corina Machado, vicepresidenta electa y reciente Premio Nobel de la Paz, quien incluso se había manifestado a favor de una intervención militar, acaso porque ese galardón era uno que él ambicionaba y no ha logrado digerir el agravio de no haberlo recibido.

Esta historia sigue en desarrollo y aún quedan muchas piezas por encajar. Pero hay una verdad que no admite ambigüedades: el destino de Venezuela debe decidirse en Venezuela. No en Washington. No por los gringos.

La diferencia entre ambas realidades es sustancial. En Panamá no hubo autoridades que defendieron al régimen de Noriega.