Una aguja en un pajal
- 20/03/2026 00:00
Se puede estar o no de acuerdo con la gestión del gobierno, lo que no se puede es ignorar la necesidad de poner en orden el país. El método puede gustar o no, sin embargo, el relajo rampante y el despilfarro que han caracterizado a las últimas administraciones de gobierno generó un colapso injustificado de las finanzas y del funcionamiento del Estado.
Hoy día, con más plata se hace menos, así está diseñado el presupuesto del Estado. Puentes sobre el Canal de Panamá que antes nos costaban menos de 100 millones dólares, 20 años después cuestan más de 2 mil millones de dólares. No obstante, lo más ridículo resulta en la incapacidad de más de tres administraciones en poder concluir una obra que ya posee tres antecedentes similares.
El Estado panameño ha generado un modelo de burocracia administrativa que hace todo más caro, bajo la excusa de la transparencia y pureza de sus contrataciones públicas, pero no hace ni la una ni la otra; por el contrario, el proceso resulta más costoso y siempre deja la sensación de pliegos hechos a la medida de determinados grupos que se mantienen intactos a través de cada administración, muchas veces sin mayor cambio cosmético en sus estructuras comerciales.
Simplemente, el secreto del éxito para las grandes contrataciones con el Estado radica en tres factores esenciales: acceso al órgano Ejecutivo, buen lobby en la comisión de Presupuesto de la Asamblea Nacional para presionar al MEF; y no menos importante, un santo a quien rezarle para que salga el refrendo en la Contraloría General de la República, antes de que los intereses del préstamo bancario del proyecto consuman la ganancia.
Es por todo esto, que resulta inerte filosofar sobre la condición de la integridad humana y los valores que debe tener un funcionario a la hora de asumir un cargo público de mando y jurisdicción, ya que el problema no está directamente relacionado a la integridad moral de un individuo, sino en el propio sistema.