Un camino difícil
- 23/04/2026 00:00
Algunas personas tienen heridas que no se pueden ver porque se encuentran en el cerebro y en el alma, los “traumas”, que, cuando son evaluadas por la psicología o la psiquiatría forense puede diagnosticarse que componen un “daño psicológico”.
Recuerdo como si fuera ayer que, alrededor de 1996, atendí a una anciana de los pueblos originarios que no mostraba ningún rasgo físico de agresión, solo su mirada y sus hombros caídos; su voz era apagada al narrar su historia, colmada de insultos, humillaciones y descalificaciones por parte de su marido. La enviamos a ser evaluada por expertos, para comprobar si era víctima de violencia, pues reflejaba un daño psicológico de vieja data. Esta señora no solo tenía heridas abiertas sino también cicatrices por años de maltrato psicológico.
Antes de 1995 era muy difícil probar ante un tribunal de justicia la violencia psicológica, porque no había un ordenamiento jurídico especializado y se veía como lesiones personales. El miedo y la depresión no eran compatibles con lesiones personales. En 1995, con la Ley 37 de 1995, reformada por la Ley 38 de 2001, se reconoció la violencia psicológica dentro de la violencia doméstica como un delito autónomo. Si bien representó un avance, resultaba muy difícil probarla, y las sanciones eran muy tibias, habiendo una sensación de impunidad. Con la ley del femicidio (Ley 82 de 2019) se habla de prevención y violencia en las escuelas: otro avance, ya que en el noviazgo se disparaban banderas rojas de violencia psicológica. El aumento de pena de los delitos sexuales en 2025 preparó el camino para la Ley 278 de 2026, que aumenta la pena de 5 a 8 años a los agresores y se extiende a ancianos y niños.