Rascacielos con sombra de crueldad

  • 26/02/2026 00:00

En Pty el vidrio brilla más que la conciencia. Davos nos encandila. Somos modernos en vertical; en horizontal, hay cuerpos que duermen a la intemperie. La paradoja se volvió costumbre.

La indigencia es hambre persistente, es enfermedad mental sin tratamiento continuo, es adicción sin red, es documento perdido, es familia rota. Suma de fracturas que el Estado administra por compartimentos para no asumir el cuadro completo.

¿Quién es responsable? En teoría, varios entes. El Mides para inclusión y transferencias. Ni te mides. El Mides para la salud mental. La Alcaldía de Panamá para la gestión urbana y los albergues. La Defensoría del Pueblo para vigilar derechos. ¿La dispersión es la coartada perfecta? Todos en el baile, pero nadie poncha el tack.

Si existen estadísticas actualizadas, están bajo siete llaves. ¿Cuántas personas en situación de calle están censadas con nombre y diagnóstico? ¿Cuántas reciben tratamiento sostenido? ¿Cuántas están siendo insertadas en lo laboral? En el país de la impunidad no solo se extravía el dinero; también se extravían los datos y la rendición de cuentas.

Un hombre que discute con voces invisibles frente a una torre bancaria. Una mujer atesora su mundo en dos bolsas de basura y mide -sin Mides- el día por la sombra de un edificio. Un joven alterna lucidez y extravío. Clima que presume altura y tolera abandono.

En 2019, durante la visita del papa Francisco por la Jornada Mundial de la Juventud, la ciudad se ordenó con eficacia ejemplar. ¿La indigencia se resolvió o se desplazó? Invitar cada año al pontífice de turno para que el problema se suspenda una semana.

La tragedia es doble, tanto la exclusión como normalizarla. Convertir la emergencia en mobiliario urbano es el acto más cruel. Ni empleo sostenible, ni economía informal tolerada, ni pensión, ni red suficiente de salud mental. El destino es la acera o la banca, lejos de la financiera. Y en esa distancia mínima, pero abismal, se mide la calidad real del Estado.

No se evalúa un país por sus torres, sino por cómo trata a quien duerme bajo ellas.