Púgiles quedan a deber a la fanaticada

Contra las cuerdas
  • 27/08/2026 00:00

La afición ya no se traga el cuento del combate limpio que prometen los que se agitan en la división politiquera. Los aspirantes se suben al entarimado con una retórica inflada y promesas de campeón, pero apenas suena la campana, esquivan el bulto y demuestran que su única especialidad es el juego sucio.

Cada campaña lanzan ganchos al aire y abrazos fingidos desde las esquinas, buscando el aplauso fácil de un respetable que ya aprendió a contarles el ring.

Abajo del ring, el pueblo sufre el castigo diario en la lona: canasta básica golpeada, servicios públicos por el suelo y bolsillos desplumados. La hinchada aplaudía antes con fe ciega, pero hoy las gradas están frías, cansadas de ver cómo los mismos entrenadores de siempre repiten la faena. Ya no hay cintura que valga ni careta que oculte la falta de pegada en cada administración.

Al final, este combate sin gloria deja siempre al descubierto a las figuras de cartón que prometieron mandar a la lona la crisis y terminaron noqueando la confianza ciudadana.

La taquilla está vacía de ilusión y llena de hartazgo, esperando que algún día surja una verdadera renovación dispuesta a fajarse con honestidad, sin tirar la toalla. El golpeado Pablo Pueblo ya no quiere promesas, sino resultados.