Publicidad invasiva

  • 05/10/2026 00:00

De que la forma de hacer publicidad ha cambiado radicalmente no hay duda. Ya casi no se imprimen periódicos y, por ende, la inversión en prensa ha disminuido considerablemente. La televisión sigue teniendo cierta vigencia, pero las cuñas han ido perdiendo valor. La radio debe estar pasando por las mismas difíciles circunstancias. Los publicistas se han tenido que reinventar o morir.

Lo que sí resulta verdaderamente insufrible es la publicidad que se hace a través de las redes, especialmente en las aplicaciones que irremediablemente estamos obligados a utilizar. Ahora que leemos las noticias en los dispositivos que tengamos a mano, resulta insoportable que, entre un párrafo y otro, hasta en los portales de oración, aparezca la cara del presidente con la primera dama, inaugurando una obra o enviando algún mensaje intrascendente.

Lo peor es que muchas veces debemos detenernos o, mejor dicho, luchar para poder utilizar una aplicación. Si no es Temu, se te aparece Candy Crush en medio de una gestión que estés realizando, y tienes que invertir no segundos, sino minutos, en cerrar todos estos invasores para poder hacer lo que necesitas.

Yo soy fiel creyente de la publicidad; por algo trabajé en ella durante muchos años. Pero la que se está utilizando ahora no solo me parece invasiva y aburrida, sino también atrevida y petulante. Starlink me tiene frita, y ni se diga de otras empresas, productos o servicios que irrumpen en nuestras aplicaciones sin que podamos hacer prácticamente nada.

Es constante la queja que se escucha sobre el descomunal presupuesto que invierte el Estado en publicidad. De hecho, después del anuncio cantinflesco que recientemente protagonizaron los ministros involucrados en el tema de la mina, fueron muchos los memes que se burlaron de los fallos en la comunicación del Estado.

Ahora que ya no tenemos que sufrir los “jueves gigantes” con nuestro Don Francisco, estamos expuestos a su irremediable presencia promoviendo temas intrascendentes cuando queremos leer, rezar o simplemente informarnos.

Lo peor es que no nos queda de otra que esquivar todos los anuncios, no solo los estatales, sino también los privados, porque esta es la nueva modernidad de informarnos y comunicarnos: una era en la que estamos en manos de todos aquellos que tienen acceso a las redes.

La publicidad antes intentaba convencernos. Ahora intenta perseguirnos. Nos encuentra dondequiera que estemos, interrumpe lo que hacemos y, muchas veces, nos obliga a luchar para recuperar el control de la pantalla. Tal vez sea esa la gran paradoja de la publicidad moderna: en su afán por llegar a todos, está consiguiendo que cada vez queramos verla menos.