No quiero flores, quiero justicia: por las vivas, las muertas y las desaparecidas
- 12/03/2026 15:10
Hoy, alzo mi voz no para pedir flores, sino para exigir respeto
este país y merecemos vivir.
El 8 de marzo, al conmemorar el Día Internacional de la Mujer, observé con una mezcla de sentimientos cómo nos felicitábamos unas a otras y recibíamos mensajes de todas partes.
Si bien el gesto es bonito, muchos ignoran por completo la esencia de esta fecha. No es un día para celebrar lo que “debemos ser”, sino para honrar la lucha de quienes nos precedieron y para recordar lo que aún nos falta por conquistar.
Ese día nos honramos como mujeres que lucharon por alcanzar sus ideales, por ganar un espacio en esta sociedad y, sobre todo, por el derecho fundamental a ser respetadas como seres humanos en todos los ámbitos. El valor de una mujer va más allá de los roles de madre, esposa o hija; y eso lo sabían muy bien aquellas que salieron a las calles a exigir dignidad, igualdad y justicia.
Hoy, alzo mi voz no para pedir flores, sino para exigir respeto. Exigimos que no se nos violente, que no se nos prive de nuestros derechos y, de manera urgente, que nadie acabe con nuestras vidas por el simple hecho de que alguien deje de amarnos. Porque en Panamá, como en el resto del mundo, las mujeres seguimos siendo víctimas que nos utilizan y desechan como si nuestra vida no valiera nada.
El mapa del dolor: desapariciones en un país pequeñoPero hay un drama silencioso que merece una reflexión aparte: las desapariciones de niñas, adolescentes y mujeres. En un país con apenas 4 millones de habitantes registrados en el último censo, escuchamos a menudo la frase “Panamá es un país pequeño, todos nos conocemos”. Sin embargo, esa cercanía no se traduce en eficacia cuando se pierde el rastro de una mujer. Pasan los días, los meses y los años, y cientos de familias siguen sin respuestas.
No podemos hablar del mes de la mujer sin hablar de ellas. De las que ya no están y de las que no sabemos dónde están. Las cifras oficiales a menudo no reflejan el dolor de una madre que sigue buscando a su hija en silencio, o de una comunidad que olvida el rostro de la joven que desapareció camino a su casa. La desaparición es la antesala de la impunidad.
Es el momento donde el Estado y la sociedad suelen fallar.Pero también quiero resaltar una noticia muy positiva que conocimos el pasado 10 de marzo, cuando el Ministerio Público informó sobre la condena a 12 años de prisión para una mujer de nacionalidad panameña por el delito de trata de personas con fines de explotación sexual.
Según la investigación, esta mujer captaba y financiaba el traslado de jóvenes a Kosovo, donde les prometía un trabajo y, una vez allí, les retenía el pasaporte.
Si bien este artículo busca reconocer el valor de la mujer y visibilizar la violencia que enfrentamos, también debo reconocer que entre nosotras mismas somos capaces de hacernos daño, y esa es una realidad que también debemos evitar y erradicar.Según datos del Ministerio Público, no podemos obviar que, aunque los femicidios bajaron de 23 en 2024 a 20 en 2025, la realidad sigue siendo aterradora.
A esas 20 mujeres asesinadas por quien juró amarlas, se suman otras 15 que perdieron la vida de manera violenta por otras causas. Y si el verdugo de las 18 tentativas de femicidio registradas el año pasado hubiera llegado hasta el final, la cifra sería aún más escalofriante.Pero, ¿y las desaparecidas? Ellas son las estadísticas invisibles.
Las que no engrosan las cifras de femicidios porque sus cuerpos no han aparecido, pero cuyo destino es incierto y muchas veces trágico. Detrás de cada número hay una historia, un nombre, una familia rota. Es urgente que las autoridades no descansen en su búsqueda. Necesitamos protocolos activos, investigación real y, sobre todo, prevención.Un cierre para el mes de la mujer: ni una menos, ni una desaparecida más.
Este mes de la mujer debe cerrarse con compromiso. Con la firme promesa de estar alerta, de reconocer las señales cuando algo no está bien, de denunciar y de no callar. Porque nos queremos vivas, libres y con derecho a caminar sin miedo.
Alzo mi voz por las niñas, jóvenes y mujeres cuyo paradero se desconoce. Por las que han sido víctimas de trata y por aquellas que murieron a manos del hombre que una vez les prometió amor eterno. Que este mes no sea solo una fecha en el calendario, sino el inicio de una búsqueda incansable de justicia.
En un país pequeño como Panamá, todas deberíamos importar. Y si nos conocemos todos, entonces todas deberíamos ser buscadas como si fuéramos de la familia. Porque, al final, lo somos. Somos hermanas, madres, hijas, amigas. Somos la mitad de este país y merecemos vivir.
Abogada