Los intereses de las guerras
- 27/04/2026 00:00
Vemos a diario que los conflictos bélicos en el mundo no solo no ceden espacio a acuerdos de paz, sino que avanzan —casi sin pausa— en una preocupante progresión. Conviene analizar por qué se producen estas confrontaciones, algunas aparentemente carentes de justificación, desde una perspectiva más amplia.
Los intereses económicos siguen siendo determinantes, aunque no exclusivos. En el caso de Estados Unidos, su participación en conflictos externos ha estado frecuentemente vinculada a la protección de recursos estratégicos —como el petróleo—, pero también al control de rutas comerciales, puertos y cadenas de suministro. Más que una lógica puramente lucrativa, se trata de asegurar posiciones de poder en un sistema internacional cada vez más competitivo.
No es menor el papel del lenguaje. Aunque el Departamento de Defensa de los Estados Unidos no ha cambiado formalmente su nombre, (como lo hizo en 1947) el debate recurrente sobre su redefinición revela una percepción creciente de que la política exterior estadounidense ha adoptado un cariz más confrontacional.
A lo largo de la historia, las guerras han sido justificadas en nombre de ideologías, religiones o identidades. Sin embargo, en el escenario actual, más que desaparecer, las ideologías han mutado: hoy se expresan en tensiones entre modelos políticos, nacionalismos resurgentes y disputas por la memoria histórica.
En muchos casos, los conflictos externos también cumplen funciones internas: distraer de crisis económicas, reforzar liderazgos o consolidar legitimidad. A ello se suma un elemento menos visible pero crucial: la guerra como laboratorio. Los escenarios bélicos contemporáneos se han convertido en espacios de prueba para nuevas tecnologías militares, acelerando una renovada carrera armamentista.
El conflicto entre Rusia y Ucrania ilustra bien esta complejidad. En él convergen intereses de poder global, percepciones de seguridad, identidad nacional, recursos estratégicos y dinámicas políticas internas. Para Rusia, la expansión de la OTAN representa una amenaza directa; para Ucrania, es una garantía de supervivencia.
Por su parte, el conflicto en Gaza —inseparable de la tensión entre Israel e Irán— combina factores geopolíticos, ideológicos y religiosos. A ello se suman el peso de la disuasión nuclear, la influencia regional y el control de puntos estratégicos como el estrecho de Ormuz, clave para el flujo energético mundial.
Lo que emerge no es necesariamente el preludio de una tercera guerra mundial en el sentido clásico, sino algo potencialmente más inestable: una constelación de conflictos simultáneos, interconectados y en escalada, donde las fronteras entre lo local y lo global se desdibujan.
En ese contexto, más que una guerra total, enfrentamos el riesgo de una erosión progresiva del orden internacional, en la que cada conflicto alimenta al siguiente. Y esa dinámica, de no contenerse, podría conducir no a una última guerra, sino a un mundo permanentemente en guerra.