Los ganchos al hígado nos tienen mal
- 23/05/2026 00:00
Suena el metal en las estaciones de servicio y el tablero marca un nuevo aumento. En esta esquina, con el pantalón desgastado y la frente sudorosa, se planta el panameño de a pie; en la otra, un rival implacable: el precio de la gasolina, un peso completo que castiga las costillas de la economía familiar con cada galón. Ya no se trata de manejar con comodidad, sino de un combate de pura supervivencia.
El conductor nacional tira cintura y esquiva los gastos hormiga, pero el combustible caro te encierra en las cuerdas, conectando un gancho al hígado que frena en seco cualquier intento de llegar con aire al fin de quincena.
Pablo Pueblo, usuario del servicio público, sale al cuadrilátero con las piernas amarradas y la guardia baja. Subirse a un colectivo o rogar por una carrera selectiva se ha vuelto una pelea de “vale todo” donde el usuario siempre lleva las de perder.
La esquina de los choferes, asfixiada por el mismo costo del tanque, tira golpes de ciego aumentando tarifas por debajo de la mesa o limitando las rutas. Mientras tanto, en las paradas se vive un verdadero clinch: tumultos, empujones y una eterna lona de espera bajo el sol, donde el pasajero recibe un castigo físico y mental antes de que el réferi del día siquiera marque las cinco de la tarde.