Lo diametralmente opuesto
- 07/08/2026 00:00
Todo cambio de generación termina provocando una revolución política. No porque cambien las ideologías, sino porque cambian los instrumentos para conquistar y conservar el poder. La generación que dominó la radio, la prensa y la televisión entendía que quien controlaba los medios controlaba la narrativa. La era digital demolió esa premisa.
Las redes sociales democratizaron la comunicación, pero también pulverizaron los filtros. La verdad dejó de competir con la mentira en condiciones de igualdad. Hoy, el algoritmo premia el escándalo sobre el argumento, la emoción sobre la razón y la viralización sobre la evidencia. La política no tardó en adaptarse: el debate fue sustituido por la descalificación, la propuesta por el ataque y el liderazgo por la construcción de precepciones negativas.
En Panamá, donde las ideologías nunca lograron consolidarse, el vacío fue ocupado por la comunicación política. La confrontación permanente, las campañas de desprestigio y las granjas digitales sustituyeron la discusión de ideas. Ya no se busca convencer al ciudadano, sino manipular sus emociones y condicionar sus reacciones.
La cirugía realizada ayer a Ricardo Martinelli y la colocación de 34 tornillos en su columna vertebral, no solo constituyen un hecho médico, también representa el disparo de gatillo de la carrera presidencial para el 2029. En la comunicación política digital, cualquier acontecimiento se convierte en un activo electoral. Todo comunica; todo se explota; todo se monetiza.
Lo preocupante en Panamá es la pobreza del liderazgo disponible. José Raúl Mulino gobierna desde la autoridad del cargo; Juan Diego Vásquez ejerce una oposición que privilegia la confrontación; Martín Torrijos desde su indecisión; mientras que Ricardo Lombana se mimetiza en el entorno tradicional del dirigente político.
Ninguno parece haber comprendido que, en tiempos de saturación informativa, de extorsión y de campañas sucias, el poder pertenece al que logra inspirar confianza. Y ese liderazgo, hoy, sigue perteneciendo a Martinelli.
En un momento donde el endoso de un caudillo pesa más que el discurso y la trayectoria política, el país se aboca a un peligroso precipicio.