La gestión de plástico de Mayer Mizrachi

  • 09/10/2026 00:00

La gestión pública no puede medirse por cuánto aparece un alcalde, sino por cuánto cambia la vida de quienes casi nunca aparecen

La obsesión por la superficie. Así es la plastificada política contemporánea. El plástico brilla, adopta cualquier forma, parece nuevo y puede venderse como moderno, aunque debajo conserve la misma estructura. En Panamá esa metáfora resulta particularmente incómoda cuando se observa la administración de Mayer Mizrachi.

Su alcaldía parece haber entendido una verdad de nuestro tiempo que consiste en que quien controla la imagen controla buena parte de la conversación. Videos, publicaciones, respuestas inmediatas, recorridos, operativos. La política convertida en contenido. El problema comienza cuando la comunicación deja de ser la vitrina de la gestión y empieza a convertirse en sustituto de ella.

Una ciudad no es una pantalla. Es un organismo humano. Tiene olores, trayectos, cansancio, miedo, desigualdad, basura, tiempo perdido y personas que no pueden permitirse vivir dentro de un algoritmo.

¿Qué queda de una alcaldía cuando se apaga el teléfono?

Queda Panamá.

Y Panamá continúa teniendo problemas demasiado concretos para resolverse con una publicación. La basura es uno de ellos. La recolección corresponde principalmente a la Autoridad de Aseo, y sería intelectualmente deshonesto atribuirle al alcalde toda la responsabilidad. Pero Mizrachi hizo de la limpieza una bandera de su administración y creó Cochinos PTY, programa que, según la propia Alcaldía, retiró 2,145 toneladas de desechos en 60 días.

¿Qué significa gobernar cuando limpiar se convierte solo en acontecimiento?

Una ciudad verdaderamente limpia no necesita celebrar cada vez que recoge su basura. La limpieza eficaz debería ser tan cotidiana que resultara invisible. Cuando la excepción necesita cámaras para demostrar que ocurrió, todavía no tenemos un sistema, sino una sucesión de intervenciones.

Lo mismo ocurrió con los llamados “bien cuidao”, convertidos en una de las primeras batallas simbólicas del alcalde. En agosto de 2024 Mizrachi anunció operativos para erradicarlos y reportó decenas de personas removidas y sancionadas. Pero en 2025 seguía denunciando la liberación de personas retenidas durante nuevos operativos. No fue un decreto mágico que desapareció el problema. Fue una demostración de algo mucho más interesante. Los fenómenos sociales no desaparecen porque una autoridad anuncie su desaparición.

Ese es el límite de la política entendida como espectáculo. confundir el anuncio de una solución con la existencia de una solución.

Y una ciudad se gobierna construyendo instituciones capaces de impedir que regresen, no derrotando problemas en una publicación.

También están los carros, ese animal doméstico de la clase media panameña que consume combustible, tiempo, paciencia y dinero. Encontrar estacionamiento en determinadas zonas se ha convertido en una tragedia urbana. Y cuando no aparece un espacio, queda el transporte por plataforma. ¿Debe el ciudadano tener ahora un presupuesto adicional para poder desenvolverse en su propia ciudad?

En marzo de 2026 surgió además la discusión sobre cobrar por estacionamientos en la Cinta Costera 3. La medida abrió cuestionamientos sobre las competencias administrativas involucradas.

No se trata de exigir una ciudad sin problemas. Eso sería infantil. Se trata de exigir planificación. El Municipio propuso para 2026 un presupuesto de 242.3 millones de dólares. Hay recursos, responsabilidades y una ciudadanía que tiene derecho a preguntar qué queda cuando el discurso termina.

Incluso el mantenimiento de espacios públicos merece escrutinio. Bajo la administración Mizrachi se aprobó en 2025 una adenda de 3.3 millones de dólares para ampliar la cobertura de un contrato que se originó en 2016 y cuyo monto acumulado supera los 79 millones. El Municipio sostiene que no se trató de una nueva prórroga, sino de una ampliación de cobertura solicitada por juntas comunales.

Aquí la filosofía vuelve a ser necesaria. Gobernar consiste, entre otras cosas, en administrar lo común. Y lo común no es una marca personal. La ciudad no pertenece al alcalde, aunque durante cinco años tenga la responsabilidad de conducir su administración.

Mizrachi tiene derecho a comunicar, a utilizar tecnología y a construir una presencia digital. Lo que la ciudadanía tiene derecho a exigir es que esa modernidad exista también fuera de la pantalla.

Porque una acera no necesita un reel, necesita reparación; un parque no necesita una selfie, necesita mantenimiento; un presupuesto no necesita likes, necesita ejecución; y una ciudad no necesita parecer moderna, necesita funcionar.

El plástico tiene la virtud estética y el defecto histórico de parecer nuevo durante demasiado tiempo. Esa es precisamente la advertencia.

La gestión pública no puede medirse por cuánto aparece un alcalde, sino por cuánto cambia la vida de quienes casi nunca aparecen.

Cuando cae la tarde y la ciudad huele a basura, cuando el conductor sigue dando vueltas buscando dónde estacionarse, cuando los mismos problemas reaparecen después de cada operativo, queda algo más importante que una publicación. Queda la experiencia humana de vivir aquí.

Y esa experiencia no tiene filtro. Por eso la metáfora resulta inevitable. Una gestión puede ser brillante en la superficie y seguir siendo frágil en su estructura.

Panamá necesita sustancia, no más espectáculo de un alcalde que divaga entre el reality y la verdadera administración pública.

Actor y columnista