Hoja de ruta: seguridad, soberanía y poder

  • 11/01/2026 00:00

La Estrategia de Seguridad Nacional presentada por el presidente Donald Trump en noviembre de 2025 no es un documento técnico más; es una declaración política sobre cómo Estados Unidos se concibe a sí mismo y cómo pretende relacionarse con el mundo en una etapa marcada por la competencia estratégica, la desconfianza y el debilitamiento de los consensos globales. Su eje central es directo y sin ambigüedades: ¡Estados Unidos primero!

A diferencia de las estrategias posteriores a la Guerra Fría, que apostaron por un liderazgo global amplio y muchas veces difuso, esta plantea una redefinición estricta del interés nacional. Trump cuestiona la sobre extensión estratégica, el globalismo sin límites y la idea de que Estados Unidos deba intervenir de forma permanente en conflictos ajenos o exportar modelos políticos como política de Estado.

La estrategia se entiende en términos clásicos: objetivos claros y medios reales. La seguridad, la soberanía y la fortaleza interna aparecen como prioridades absolutas. La migración irregular, la pérdida de la base industrial, la dependencia de cadenas de suministro externas y la erosión cultural no son tratadas como asuntos secundarios, sino como amenazas directas a la seguridad nacional.

Uno de los ejes centrales del documento es la ubicación de la economía como pilar del poder nacional; la reindustrialización, el dominio energético, la protección tecnológica y el comercio recíproco sustituyen al libre comercio irrestricto. La seguridad deja de ser exclusivamente militar y se amplía a lo económico, lo social y lo cultural, redefiniendo así el concepto tradicional de defensa.

En materia de poder, Estados Unidos mantienen su apuesta por la superioridad militar bajo el principio de “paz mediante la fuerza”. La disuasión prevalece sobre la intervención directa y el uso de la fuerza se concibe como último recurso. Las alianzas continúan, pero se vuelven selectivas y condicionadas a un reparto más equitativo de responsabilidades.

Para Panamá y América Latina, esta visión anticipa un entorno más exigente, donde la relación con Estados Unidos estará guiada por intereses concretos y no por afinidades retóricas. En este escenario, la región y Panamá en particular deberá actuar con mayor claridad estratégica, fortaleciendo su soberanía y definiendo con precisión sus intereses nacionales en un mundo que se reordena con reglas más duras y menos concesiones.

Las alianzas continúan, pero se vuelven selectivas y condicionadas a un reparto más equitativo de responsabilidades.