Hay que tener reflejos para no quedar regado
- 29/05/2026 00:00
Las carreteras se han convertido en un cuadrilátero brutal donde los conductores tiran fintas y esquivan golpes, no de un rival de carne y hueso, sino de un enemigo de asfalto y desidia. Las vías de las afueras están firmando una tarjeta invicta de destrucción masiva. Con baches que parecen ganchos al hígado y zanjas dignas de un peso pesado, transitar es un auténtico combate de supervivencia.
Los amortiguadores piden esquina, las llantas caen noqueadas a la lona y el bolsillo de los ciudadanos recibe un castigo innecesario ante la mirada pasiva de la promotora, que actúan como un réferi ciego que no quiere ver la paliza.
En el segundo asalto, la estrategia del mopero parece limitarse a “correr por el ring” y amarrar la pelea. Su defensa favorita es el “parcheo”, un jab débil que apenas acaricia el problema y que, a la primera lluvia tropical, se desvanece por el desagüe dejando al descubierto el mismo hueco de siempre, ahora más grande y peligroso.
Mientras tanto, Pablo Pueblo tiene que desarrollar reflejos de campeón mundial, haciendo maniobras evasivas de último segundo que rozan la temeridad, arriesgándose a un choque frontal solo para no dejar el tren delantero enterrado en un cráter de esos que hay por cualquier sector.