¿Es el Estado un mal administrador?

  • 04/08/2026 00:00

Con normalidad observamos las hordas de “politiqueros” que sin vergüenza secundan las virtudes de la corrupción. ¿Qué se oculta tras la corrupción? No debe sorprendernos que a medida que “la cosa se pone más dura”, se destapan nuevos escándalos de corrupción, con la lógico desaprobación hacia el gobernante.

Si no hay medicina, es escaza la vigilancia policial, y el desempleo nos ahoga, todos gritamos ¡corrupción! Pocos “mono gordos” caen, porque el costo “político electoral” a solas lo cargarán los candidatos adeptos a los gobernantes. Es una ingeniosa maniobra, con la que “las élites económicas” logran que las mayorías conviertan su desilusión por los servicios públicos que reciben del Estado, y en silencio terminan haciendo coro a favor de la privatización.

Si las obras públicas que construye el Estado, son defectuosas o de mala calidad, o si se hace fiesta con los fondos públicos, la empresa privada debería hacerse cargo de esto. Dejamos claro que esta crítica no es un ataque a la iniciativa privada.

En una sociedad multiclasista, la nave del Estado democrático se bambolea entre corrientes antagónicas: La atención de las necesidades colectivas, y garantizar el predominio del interés privado. Y si la sociedad mira impávida cómo la corrupción ha llevado al Estado a su máximo grado de ineficacia, se complica la igualdad social.

Nos queda claro que la corrupción golpea a todos los sectores de la sociedad, pero con todo y eso, el interés privado sale bien librado. ¿Se pueden imaginar “el negociazo” que se crearía solamente con privatizar la salud y la educación pública?

No insinuamos la destrucción de la iniciativa capital, pues es un factor de mucha importancia en los complicados procesos de producción de la riqueza. En realidad, estamos preocupados que por ineficacia estatal, las necesidades básicas del ciudadano se conviertan en objeto de comercio.

El país posee todas la condiciones para prodigarle bienestar a las mayorías nacionales, y para motivar al empresario panameño a que apueste por el desarrollo nacional. Es cosa de enseriarnos para convertir al Estado en el instrumento imparcial repartiendo “panes y peces”, y así evitar que unos fallezcan de indigestión, y otros muchos mueran de hambre.