El Rey del Vallenato se pasea por Colón: El Cónsul de Macondo
- 14/05/2026 00:00
A Rafael Escalona no lo inventó García Márquez, aunque lo parezca. El autor de ‘La casa en el aire’ ya era una leyenda cuando Gabo lo metió en las páginas de Cien años de soledad para asegurar su eternidad. Lo inmortalizó como el «sobrino del obispo, que heredó el secreto de las palabras para que no se olvidara la historia». Rafael, el de los versos de oro, cambió el acordeón por la diplomacia en nuestra propia casa: la mística y mítica ciudad de Colón.
Fue en los vibrantes años setenta. El presidente colombiano Alfonso López Michelsen, el ‘Pollo’ para sus íntimos de parranda, lo nombró cónsul en la ciudad caribeña. No fue un cargo de oficina gris y sellos burocráticos; fue una jugada maestra de diplomacia cultural en plena ebullición de la negociación que concluiría en los Tratados Torrijos-Carter. Mientras Omar y Jimmy negociaban la soberanía del Canal bajo la mirada atenta del mundo, Escalona ejercía la soberanía del Caribe en las calles colonenses, recordándonos que somos un solo pueblo unido por el salitre.
Escalona en Colón fue un espectáculo cinematográfico. Dicen que su consulado funcionaba más como una embajada del espíritu que como una sede administrativa. Entre guayaberas blancas y el calor húmedo, el maestro coleccionaba navajas y anécdotas por igual. Cuentan los viejos periodistas que sus tertulias eran el puente perfecto entre Bogotá y Panamá, uniendo a dos naciones bajo el mismo ADN de tambor, ron y acordeón.
Vino a cumplir ‘La misión’, como tituló su famoso paseo vallenato. Dejó su Valle de Upar con el alma en una canción, pero llegó a Colón para demostrar que el realismo mágico no conoce fronteras. Hoy, su paso por el istmo es una crónica que debemos rescatar. Porque si Gabo le dio la pluma, Panamá le dio el escenario para ser uno de los cónsules más bohemios que ha pisado nuestra tierra. Los arcángeles Gabriel y Rafael sabían que en el Caribe la historia no se escribe: se canta.