El que a hierro mata, a hierro muere
- 03/07/2026 00:00
La Asamblea Nacional volvió a confirmar lo que en realidad es: el órgano más político del Estado. La elección de su nueva junta directiva estuvo precedida por intensos matraqueos por parte del presidente de la República. El resultado dejó al descubierto las lealtades que hoy dominan el escenario legislativo y evidenció la disposición de los partidos políticos tradicionales a alinearse con el Ejecutivo.
En ese contexto, quienes estaban llamados a ejercer una oposición firme terminaron enviando un mensaje distinto. La bancada del Partido Panameñista optó por la abstención, una decisión que, más que reflejar neutralidad, proyectó indefinición política. Al rehusar votar a favor o en contra, evitó asumir una posición clara en uno de los momentos de mayor trascendencia para la Asamblea durante este quinquenio.
La abstención también dejó al descubierto una nueva realidad: los ocho votos panameñistas ya no representan el fiel de la balanza. El escenario político cambió y, con él, disminuyó la capacidad de esa bancada para condicionar los acuerdos o definir mayorías.
Después de perder el respaldo del movimiento VAMOS, quien fue el principal artífice de la elección de Jorge Herrera como presidente de la Asamblea el año pasado, las opciones eran limitadas. A los panameñistas solo les quedaba confiar en el apoyo del oficialismo, bajo la premisa de que la gestión del diputado Herrera habría sido conveniente para los intereses del Ejecutivo.
Ese, precisamente, parece haber sido el gran error estratégico del panameñismo: sobreestimar su capacidad de negociación y confundir su verdadero peso dentro del tablero legislativo. Actuó como si fuera una pieza decisiva, cuando las circunstancias demostraban lo contrario. Al romper los entendimientos construidos con VAMOS, terminó distanciándose del movimiento que hizo posible su llegada a la presidencia de la Asamblea.
En política, las alianzas pueden ser circunstanciales, pero la confianza es un activo difícil de recuperar. La jornada legislativa dejó una lección: los intereses se reacomodan y quienes interpretan erróneamente su propio peso político corren el riesgo de descubrir demasiado tarde que dejaron de ser indispensables.